jueves, 29 de marzo de 2012

Sobrevivir al suicidio de un ser querido es posible



Por Paulo Daniel Acero Rodríguez.
Psicólogo Universidad Nacional de Colombia. Investigador principal grupo Muerte y duelo, abordaje psicosocial en el contexto Colombiano UMB. Fundador Proyecto Krisálida para apoyo a personas en duelo.


Sugerencias propuestas originalmente por Dunne y McIntosh en su libro El suicidio y sus secuelas:


1. Hay que saber que es posible sobrevivir, aunque los supervivientes no lo sientan así. Pero es posible y así lo de muestran quienes han permitido que se les acompañe en su proceso.
2. Lucha con el ¿"por qué sucedió”? hasta que las personas comprendan que nunca habrá una respuesta plenamente satisfactoria o hasta que estén satisfechas con respuestas parciales. (Una tercera posibilidad es que se cambie la pregunta por una que nos permita construir sentido de vida, esto es, no preguntar por qué sucedió sino ¿Qué era lo que nosotros teníamos que aprender con la existencia compartida con…?
3. Saber que las personas afectadas pueden sentirse abrumadas por la intensidad de sus sentimientos, pero entender que todos sus sentimientos son normales.
4. Asimilar que la ira, la culpa, la confusión y la falta de memoria son respuestas comunes. Las personas no están locas, solo están en duelo.
5. Tener en cuenta es normal sentir ira hacia la persona fallecida, el mundo, Dios, la familia, e incluso hacia uno mismo, y que está bien expresarlo.
6. Los afectados pueden sentirse culpables por lo que ellos piensan que hicieron o dejaron de hacer. Lo importante es transformar la culpa en arrepentimiento para avanzar hacia el perdón.
7. Tener pensamientos suicidas suele ser común; pero ello no significa que todos vayamos a actuar de conformidad con esos pensamientos.
8. Recordar tomar un momento o máximo un día a la vez.
9. Encontrar un buen oyente con quien compartir. Llamar a alguien si necesita hablar.
10. No tener miedo a llorar. Las lágrimas son la manera en que se cura el alma herida.
11. Darse tiempo para sanar. Estar preparado porque el tiempo siempre transcurre más lento de lo que se quisiera.
12. Recordar que, aunque hubiéramos hecho o dicho cosas reprochables, la elección de la muerte la tomó el fallecido. Nadie es la única influencia en las determinaciones sobre la vida de otro.
13. Esperar contratiempos. Las emociones vienen y van como un maremoto, de manera que frecuentemente la pena hace presencia en los momentos más inesperados, haciendo parecer que esa experiencia no terminara.
14. Tratar de posponer las decisiones importantes.
15. Darse el permiso de obtener ayuda profesional.
16. Tener en cuenta que la familia y los amigos también están experimentando su grado de dolor.
17. Ser pacientes con nosotros mismos y con los demás, especialmente con los que hablan sin comprender lo complejo de la experiencia.
18. Establecer los propios límites y aprender a decir no.
19. Mantenerse alejado de la gente que pretende decir qué deberíamos hacer o cómo deberíamos sentirnos.
20. Saber que hay grupos de apoyo que pueden ser útiles. Si no puede encontrar uno, pedir a un profesional para que nos ayude a crear uno.
21. Acudir a la espiritualidad que suele ser de gran ayuda en esta difícil experiencia.
22. Es común experimentar reacciones físicas derivadas o concurrentes con el proceso de duelo, como son dolores de cabeza, pérdida de apetito, incapacidad para dormir.
23. Darse el permiso de reír y tener ratos agradables, como parte del proceso de curación, sin dejar que sintamos que con ello no estamos demostrando amor al ser querido. Recordar que ellos no nos dejaron el mandato de sufrir para demostrarles que los extrañamos.
24. Expresar todos los sentimientos que se experimentan: enojo, culpa u otros sentimientos, hasta que drenen y ya no sintamos necesidad de ellos para sentir la presencia del ser querido. Dejar ir no significa olvidar.
25. Saber que nunca volveremos a ser los mismos, pero que es posible no solo sobrevivir sino aprender a vivir sin…y, en su memoria, podemos intentar ser un poco mejores de lo que éramos mientras ellos nos acompañaron


Contacto: paulodanielacero@gmail.com


http://www.neurologia.tv/bibliopsiquis/bitstream/10401/2066/1/3conf349980.pdf

domingo, 25 de marzo de 2012

Testimonio: del suicidio a la salvación


“Dice el Señor:… ‘Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié’” (Isaías 55:10, 11).


Ingresé en la Iglesia en febrero de 1982. Tres meses más tarde completé la carrera de medicina y comencé a trabajar. Cuando fui bautizada en la iglesia de La Aurora, en la ciudad de Santa Fe, Argentina, los miembros me obsequiaron una pequeña Biblia, acaso el mejor regalo que alguna vez haya recibido.


Al ir al trabajo, siempre la llevaba conmigo. 


Leía con avidez sobre la vida de Jesús. Me atraían especialmente las promesas de la Palabra de Dios, ya que mi ingreso a la iglesia había sido difícil, pues mi familia se había opuesto a mi decisión. Por eso me aferraba a las promesas de Dios, procurando memorizarlas, y nunca me separaba de mi Biblia.


Una noche, mientras estaba de guardia en un hospital de la ciudad de Santa Fe, la vigilancia me avisó que había llegado un nuevo paciente a la sala de emergencias. Me apresuré a llegar y allí lo encontré. Roberto agitaba en la mano un frasco vacío de un conocido psicofármaco, diciéndome que había ingerido todo su contenido.


El cuadro era claro: un intento de suicidio. Para agravar la situación, lo acompañaba su esposa, completamente ebria. 


Ambos eran pacientes psiquiátricos; ambos eran adictos. De inmediato lo envié en ambulancia a una unidad de toxicología de otro hospital, ya que el nuestro carecía de la infraestructura para tratar su caso. Allí recibió el tratamiento adecuado y luego lo enviaron de regreso para ser controlado en nuestro hospital.


Interné a Roberto y llamé a su médico psiquiatra, que confeccionó una lista de medicamentos que debíamos administrarle con suero por vía endovenosa y me dio otras indicaciones. Me inquieté al ver la cantidad de psicofármacos indicados y compartí mi preocupación con el colega. Sin embargo, me dijo que no me preocupara, ya que este paciente estaba habituado a recibir grandes dosis de medicamentos.


Dejamos a Roberto recibiendo el suero y nos retiramos de la habitación. Una hora más tarde, un enfermero me llamó para decirme que Roberto estaba reaccionando de manera inesperada. Corrí a su cuarto y noté que en vez de dormir estaba muy excitado. Los medicamentos le habían producido un efecto contrario al esperado. Allí estaba Roberto, temblando como una hoja. Tenía los ojos bien abiertos, llenos de temor y angustia.


Cuando me vio, gritó: “¡Sáqueme ese suero! ¡No sirve para nada! ¡Siempre me ponen lo mismo y no me ayuda!”


Me acerqué a su lecho. Entonces bajó la voz y me rogó: “Por favor, doctora, sáqueme este suero. Sólo empeora las cosas. Lo que necesito es hablar con alguien. Necesito que me escuchen y que alguien me hable”.


—Está bien, Roberto —le dije—. Ahora mismo llamo a tu psiquiatra.


—¡No! —exclamó—. Sólo me va a volver a medicar. Él no me escucha ni me habla. ¡Por favor, quédese aquí y hablemos!


—Bueno, Roberto. No soy psiquiatra, pero ¿de qué quieres hablar?


—De cualquier cosa.


—Mira, te hablaré de lo mejor que puedo compartir contigo. Te voy a hablar de Jesús.


—¿De Jesús? Bueno, pero hay un problema.


—¿Cuál es el problema?


—¡Soy judío!


Realmente era un problema. Cuando me levanté para llamar a su médico, imploró:


—¡No se vaya!


—Roberto, no soy especialista; necesito llamar a tu psiquiatra. Además, no quieres que te hable del Amigo que me ha ayudado tanto.


—Está bien. Hábleme de ese Jesús.


Aún recuerdo el tono despectivo de su voz. Con una oración silenciosa, abrí mi Biblia y comencé a leerle de Jesús. No recuerdo nada de lo que dije. Sólo leía de los Evangelios, ya que en esa época temprana de mi vida cristiana era lo único que sabía compartir con otros. Luego de unos minutos, pude ver lo increíble. Roberto se había tranquilizado, ya no temblaba y finalmente se quedó dormido.


A la mañana siguiente fui a visitarlo. Estaba sentado en un banco frente a su cuarto. Se lo veía demacrado; la angustia de sus ojos reflejaba su largo padecimiento. Pero me estaba esperando para que le hablara más de “ese Jesús”.


Una vez más, abrí mi Biblia y le leí durante un largo tiempo acerca de Jesús. Tampoco recuerdo el contenido de mi lectura. Roberto escuchaba atentamente. Sus enormes ojos a veces me miraban y a ratos se concentraban en la Biblia. De tanto en tanto asentía, o formulaba alguna pregunta o hacía un comentario. Como médica, razonaba: “Esto no tiene sentido. Estoy con un paciente psiquiátrico lleno de psicofármacos, ni siquiera es cristiano, y yo le hablo de Jesús. Esto no tiene sentido”.


Roberto finalmente fue dado de alta. Me despedí de él y pensé que se veía un poco mejor. No registré su dirección para visitarlo y continuar leyéndole la Biblia. ¿Por qué no lo hice? Por mis preconceptos y porque desconocía el maravilloso poder de la Palabra de Dios.


Algún tiempo después me trasladé a la ciudad de Rosario para realizar una especialización. Tres años más tarde, una tarde de otoño cruzaba una plaza en la ciudad de Santa Fe cuando un caballero pasó a mi lado. Luego de dar unos pasos, se volvió hacia mí y me dijo:


—Usted es doctora… y tiene un nombre doble… ¿María Emilia? ¡Sí! Usted es la doctora María Emilia. A qué no se imagina quién soy. ¡Soy Roberto, aquel hombre desesperado que usted ayudó hace tres años en esa noche terrible!


Me quedé muda. ¡Roberto! No podía ser el paciente que había atendido tres años antes; pero sí, era él. Su figura demacrada se había rellenado, sus ojos ya no reflejaban desesperación, sino serenidad. Era notable su transformación. Roberto advirtió mi asombro y continuó:


—Sí, doctora. Yo mismo casi no puedo creer el cambio que he experimentado. Han pasado grandes cosas en mi vida. Cuando usted me habló de Jesús, le creí, y me dije a mí mismo que Jesús me iba a ayudar. Dejé el hospital y, un día, me hallaron unas damas cristianas. Les conté mi experiencia, acepté a Jesús, y finalmente fui bautizado. Mi vida anterior era un verdadero infierno. Vivía drogado. Mis hijos crecieron sin padre. Ahora son adolescentes y por primera vez estoy con ellos y les escucho. Mi esposa también cambió. Hemos recuperado nuestra familia. Soy una persona diferente, gracias a Jesús. Mire, María Emilia, nunca me olvidaré de lo que usted me decía de Jesús; nunca lo olvidaré. Cuando usted hablaba, yo creí en Jesús, me aferré a él, y supe que me salvaría.


La sorpresa no me permitía reaccionar. Aquí estaba el hombre que tres años antes había tratado de suicidarse. Ahora estaba totalmente sano, sin la angustia que antes había tenido, con una mirada llena de paz y esperanza.


No puedo recordar una sola palabra de lo que le leí junto a su lecho del hospital. Sólo sé que le leí de los Evangelios, porque era lo único que sabía compartir con otros en ese tiempo. Incluso pensé que estaba perdiendo el tiempo, que lo que hacía no tenía sentido. Pero tres años después, en una hermosa tarde otoñal, aprendí una lección importantísima: La Palabra de Dios tiene poder para cambiar vidas y cumplirá su propósito. El Señor lo prometió por medio de su profeta: “Así será la palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié”.


Autor: María Schaller de Ponce ha completado estudios en medicina y teología, y dicta cátedra en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Adventista del Plata, en Argentina.




http://www.jovenes-cristianos.com/index.php?option=com_content&view=article&id=632:testimonio-del-suicidio-a-la-salvacion&catid=61:testimonios&Itemid=91 

viernes, 23 de marzo de 2012

A un olmo seco




Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.

Antonio Machado

lunes, 19 de marzo de 2012

Cuando parece depresión y es Dios. Tomado del libro EL COMBATE ESPIRITUAL de Philippe Madre








Dr. Philippe Madre, es doctor en medicina y diácono permanente al servicio de la pastoral de la salud


Hace como unos cinco años, me encontré con una mujer que estaba casada y tenía dos hijos, vino a verme y me dijo, - yo amo al Señor desde mi juventud, me he casado con un hombre que es muy creyente, tenemos dos hijos y justo hace seis meses, llevamos una vida muy fuerte con el Señor y mi marido y yo oramos juntos muy a menudo, a mi me gustaría orar al Señor de una manera muy personal entre mis quehaceres de familia, pero desde hace seis meses esto no es así, me desperté una mañana, la noche anterior había orado con mi marido, y por la mañana es como si hubiera perdido a Dios, ya la oración no tenía interés para mi, me preguntaba dónde estaba, vivo una tristeza horrible, porque yo recordaba los días y semanas anteriores donde yo estaba con Dios y ahí que de la noche a la mañana he perdido a Dios. Me gustaría tanto volver a encontrar esa presencia de Dios, he ido a ver consejeros espirituales, algunos me han dicho que necesitaba una sanación interior y otros me han dicho que es causa de mi tibieza porque yo me he enfriado, otros me han dicho que tengo una depresión nerviosa y como me dijeron eso fui a un psiquiatra y me dijo que lo que me pasaba es que
tenía un problema conyugal y lo único que necesitaba era divorciarme. Esto lleva durando seis meses ya, y yo le pregunto ¿qué piensa usted? -. No me sentía más competente que los otros para responderle, pero de lo que sí me di cuenta es que tenía tan grandes deseos de Dios a pesar de decir que lo había perdido. Esta mujer no llegaba a orar ni siquiera sabía orar, pero quería orar y nada de lo que le ofrecían como solución le podía satisfacer, entonces yo me permití darle un consejo, porque interiormente pensé que era una prueba del Señor, le dije que no se inquietara que intentara recordar
al Señor en lo que había vivido anteriormente y también que le dijera al Señor todos los días una palabra de confianza y sobre todo que rechazase creer que estaba separada de Dios. Ella aceptó este consejo, esta mujer me venía a ver con bastante frecuencia, y cada vez que venía no tenía gran cosa que contar de nuevas, sólo me decía que le animaba que el Señor se ocupara de ella aunque no lo notara, tuvo que esperar unos cuantos meses así, luego otra forma de oración creció en su corazón mucho más contemplativa, mucho más enraizada en la fuerza de la contemplación, ella cambió
profundamente y su marido también.


A nivel familiar a consecuencia de esta prueba tuvo una nueva fecundidad que se fue desarrollando, porque se mantuvo en la perseverancia, un poco como si le dijera al Señor, - Señor no comprendo lo que haces conmigo, pero yo quiero seguir amándote, Tú eres quien me tienes que enseñar ese Amor, aunque yo crea que te burlas de mi y te alejas de mi -. Es cien por cien el combate de Jacob, en nuestra vida de cristianos, cuando maduramos con el Señor podemos encontrar momentos de combate contra Dios, pero el discernimiento se lo tenemos que dejar hacer a otra persona, no podemos
hacerlo nosotros mismos. De ahí la importancia del acompañamiento espiritual, en la vida espiritual de los creyentes podemos darnos cuenta que existe la multiplicación de un cierto tipo de pruebas que se llama la prueba de decepción, es decir, personas que empezaron a entregarse al Señor que habían empezado a hacer la obra del Señor y después en un momento en su vida es como si hubiera habido un gran fracaso de eso que estaban haciendo para Dios, pero sin embargo quieren seguir trabajando para el Señor. En lo profundo de su ser rechazan que todo esté terminado y a la vez son probados por un sentimiento muy fuerte de decepción a veces también con un desánimo aunque continúan amando a Dios, continúan cerca de Dios.


A menudo la prueba de la decepción es un combate contra Dios muy especial, que es muy concreto en una vida y tiene la meta en el corazón de Dios y es hacer crecer a la persona en la Esperanza. En nuestra sociedad la Esperanza es algo que ha disminuido muchísimo, y el Señor hace que ciertos cristianos crezcan y maduren en la Esperanza, pero parece que la forma que Dios tiene para que los cristianos crezcan en la Fe, Esperanza y Caridad, es permitir que seamos tocados por las pruebas. La prueba no es algo dramático, es nuestro corazón el que es probado, es decir nuestra voluntad hacia Dios, ciertas enfermedades físicas o psíquicas son enfermedades verdaderas, pero son permitidas por Dios para que sean una prueba para nosotros, es una escuela de crecimiento en la Fe, la Esperanza y el Amor.

jueves, 15 de marzo de 2012

Olvidó a Dios, se divorció, perdió a sus hijos, bordeó el suicidio...



...pero Dios volvió a buscarla.


La historia de Kathleen Laplante no tiene nada de extraordinario. Es justo lo tristemente habitual de casos parecidos lo que da valor a su testimonio.  


"Lo recuerdo con claridad. Mi marido y yo decidimos dejar la Iglesia": así empezó la cuesta abajo de Kathleen Laplante, que formaba junto a su esposo un matrimonio joven, católico, que poco a poco se había dejado imbuir de las ideas ambientes, y había pasado a defenderlas con acritud.


De hecho, su primera iniciativa tras tomar esa decisión fue convocar a los padres de él, católicos también, para escandalizarles. Acababan de tener su primer hijo, y con él en los brazos Kathleen formuló ante su suegra una agresiva defensa del aborto, sorprendente en una madre primeriza que abraza a su recién nacido: "¿Quiénes se creen en la Iglesia católica que son para decirme que no puedo abortar si quiero hacerlo?".


Primero protestantes, luego... nada
"El demonio había ganado", afirma ahora Kathleen: "¿Cómo si no podía sostener, con el fruto de mi barriga en las manos, que habría podido abortarlo si hubiese querido? Estábamos esclavizados a los mensajes insidiosos de un mundo secularizado, y defendíamos que las mujeres debían poder ser sacerdotes y las parejas homosexuales adoptar hijos, que la confesión era innecesaria y que ver al Papa como un rey era algo arcaico y ridículo: ¿quién era él para decirnos que no podíamos practicar el sexo antes del matrimonio o practicar el control de natalidad?".


Kathleen y su marido se pasaron a una comunidad protestante donde todo esto no suponía un problema. Pero sólo durante un tiempo, pasado el cual dejaron también de frecuentarla.


Pasaron los años, y tuvieron un segundo hijo. Y ese fue el principio del fin del matrimonio. "De forma inesperada, me rebelé contra la contracepción. Sabía que algo no estaba bien. Quizá mis embarazos y nacimientos habían despertado la madre que hay en mí. Mi marido quería hacerse la vasectomía, pero yo no estaba de acuerdo. Y yo tampoco quería volver a la píldora".


La depresión, el divorcio, los hijos...
Su relación comenzó a ahogarles, y la depresión postparto que estaba experimentando se convirtió en una depresión fuerte: "Con una enfermedad grave siendo aún joven, con un desacuerdo absoluto sobre nuestra vida sexual, y sin una fe común a la que acudir, nuestro matrimonio de nueve años acabó en divorcio".


Kathleen se sentía resentida por considerarse una madre sin energía emocional para serlo, y la enfermedad le impedía atender a los hijos adecuadamente. Así que ambos decidieron de mutuo acuerdo que los niños vivirían con su padre, y ella perdió la custodia. 


Aunque ella lo había aceptado, esto incrementó su depresión: "¿Cómo yo, la madre, había dejado escapar a mis hijos?". Entonces empezó a pensar que no valía la pena vivir.


"Rumié muchas veces la idea del suicidio, hice varios planes e incluso lo intenté una vez. Pero fue entonces cuando cogí la mano que Dios me tendió, y a partir de entonces derramó sus gracias sobre mí", cuenta Kathleen.


Fue, paradójicamente, por la propuesta de un amigo suyo, no católico, quien al ver lo destrozada que había quedado tras su divorcio, le propuso acudir a la hospedería de una abadía a descansar y pensar: "Yo no sabía lo que era una abadía, pero sí sabía que ésa tenía buenos precios y estaba en un lugar sereno".


Resurrección en el monasterio
"Y estando allí, las semillas sembradas durante mi educación católica, tan pequeñas pero ¡oh, Dios mío! tan preciosas, salieron del letargo. Comenzaron a dar fruto cuando me encontré en terreno católico. Y de repente sentí la necesidad de examinar la posibilidad de anular mi matrimonio. Por primera vez comprendí que mi parte en el matrimonio no había sido recta a los ojos de Dios", explica. Y esa sorprendente percha fue el origen de su curación espiritual y física.


Para consultar sobre la anulación habló con uno de los monjes de la abadía, y a partir de ahí hablaron de muchas otras cosas. Comenzó una catequesis en profundidad que le hizo ver lo equivocada que estaba sobre todas esas ideas que, en el inicio de esta historia, había mostrado con desparpajo ante sus suegros. "Con el tiempo experimenté una gran liberación de la culpa, la vergüenza y la confusión: había vuelto al hogar", concluye.


Ahora hace quince años, un 7 de octubre, festividad del Santo Rosario, Kathleen fue recibida de nuevo en el seno de la Iglesia. "Fue el inicio de mi conversión", evoca ahora, "pero no el final". Y, lo que era más importante para ella, volvió a ser una madre para sus hijos.


Y tiene algo muy claro: "Cristo sustituyó mi desesperación. Mi vida, que pensaba que era literalmente el infierno, es ahora un anticipo del cielo. Gracias a Dios, que me trajo de regreso a casa".


http://www.religionenlibertad.com/articulo.asp?idarticulo=16744

martes, 13 de marzo de 2012

Y se queda uno con la esperanza



Y se queda uno con la esperanza, 
colgando de su delgado hilo
de tantas cosas colgando,
de tantas esperanzas deshaciéndose,
con tanto temor oculto,
con tantos olvidos como caben
en un instante, tantos olvidos
vividos y padecidos,
como para llenar una estrella.

Y esa mujer que llegó hoy con su misterio,
con su etereidad, que lo hace posible,
que la define y la sostiene
y ha dejado la casa
llena de su misterio.

José Antonio Muñoz Rojas

viernes, 9 de marzo de 2012

Ayudar a los niños a lidiar con el suicidio de un ser querido




Los niños son particularmente vulnerables a sentirse abandonados y culpables. Hay que aprender a escuchar sus preguntas y tratar de ofrecer honestas y sencillas respuestas apropiadas a su edad.


Los supervivientes con frecuencia buscan consejo sobre cómo explicar el suicidio a los niños. He aquí algunas sugerencias:


Decir la verdad. En un lenguaje simple, apropiado para la edad, hay que explicarles que su ser querido murió de una enfermedad - una enfermedad de las emociones y de la mente. Por  ejemplo:
"Papá tenía algo como un ataque al corazón, excepto que era un "ataque en las emociones, que afectó su mente".


Cuando es posible elegir, lo ideal es decirles tan pronto como haya certeza de la noticia. Hay que ubicar un lugar donde usted y ellos se sientan cómodos. Tranquilizarlos firmemente en relación a que la muerte no fue culpa de ellos.


En la medida de lo posible, es prudente resistir la tentación de mantener el suicidio en secreto por temor a que el niño copia el comportamiento de la persona fallecida. Así como las familias con hipertensión, diabetes o enfermedades del corazón son educados acerca de los signos de alerta temprana y la prevención, los familiares de los suicidas deben entender las señales de alerta temprana de la depresión y otras enfermedades mentales para que puedan obtener el tratamiento adecuado y estar relacionadas con posibles actos suicidas.


A los niños hay que asegurarles que los adultos significativos afectivamente para ellos, estarán ahí el tiempo que sea necesario, para estar al cuidado de ellos.


Hacerles saber que pueden acercarse a cualquier hora si quieren hablar de ello. Los niños pueden expresar sus sentimientos a través del llanto, la retirada, reírse o expresando enojo contra usted o contra otros. Pero también es posible que haya niños que no expresen nada. En ese caso, simplemente es necesario que los niños sepan que los adultos están disponibles para lo que ellos necesiten, bien sea ahora o en algún momento posterior.


Para los niños, siempre es útil y mantener las rutinas regulares tanto como sea posible.


En un evento como estos, no es sano que se les atiborre de regalos sorpresa o que se les programen viajes para distraerlos. El mayor regalo que se les puede dar a los niños es el testimonio sincero de los adultos de amor y apoyo. Permitir que expresen sus sentimientos y, responder a sus preguntas con actitud de acogida y afecto.


Para los supervivientes tanto de suicidios como de otros tipos de fallecimientos, especialmente los sucedidos de manera abrupta o en circunstancias violentas, una parte esencial de su proceso de curación es poder experimentar el apoyo y el sentido de conexión que se suele sentir al compartir su dolor con otros sobrevivientes. La forma más común en que se produce este intercambio es a través de la participación en espacios de grupos de apoyo. Estos grupos proporcionan un lugar seguro donde los supervivientes pueden compartir sus experiencias y apoyarse mutuamente. Es natural sentir un poco de inseguridad de ir a la primer reunión de grupo de apoyo, pero una vez allí, el hecho de saber que otros comparten experiencias similares permite que se pueda realizar la apertura emocional que evita que la personan transcurra a efectos somáticos por no contar con espacios de descarga emocional.


Algunos sobrevivientes se sienten en capacidad de asistir a un grupo de apoyo casi de inmediato, mientras que otros solo se animan a asistir a un año o dos después de ocurrida la pérdida. De igual manera, hay quienes asisten constantemente, mientras que hay quienes van sólo de vez en cuando - en aniversarios, días festivos o días particularmente difíciles. De cualquier manera, la experiencia nos muestra que, independiente de la manera en que las personas se vinculen a estos espacios, siempre es mas lo útil y fortalecedor que las personas obtienen que cualquier aspecto negativo que pudiera suceder. No en vano, como se pregona desde la Fundación Vida por Amor y desde el Proyecto Experiencia Krisálida en Bogotá, que dirige el autor, hemos aprendido que, una pena compartida es una pena diluida.


Nota: Algunos apartes son propuestos por The American Foundation for Suicide Prevention. Sobre el particular y para una visión más amplia, se puede consultar el Libro Sobrevivir al Suicidio.
Contacto: paulodanielacero@gmail.com


http://www.neurologia.tv/bibliopsiquis/bitstream/10401/2066/1/3conf349980.pdf

lunes, 5 de marzo de 2012

¡HACE UN DÍA PRECIOSO!



DOMINGO PÉREZ, domingo@latapia.es  
MURCIA.
                        
ECLESALIA, 10/01/11.-


…Sí, ya sé que el refrán no termina ahí, 
pero yo quiero terminarlo y empezarlo así.


¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Y está en nuestras manos el que siga haciéndolo
a pesar de los que quieran joderlo (perdón por la expresión).
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Ya sé que la vida cotidiana es frágil,
que nuestra historia es frágil,
que nuestro futuro y el de nuestro planeta son frágiles.                                               Pero, a pesar de todo, a mí me da la gana de decir que
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Os veo, sonrío, me reconozco en vuestras vidas,
siento caliente vuestra terca esperanza,
a pesar de haberlo intentado tantas veces,
siento viva vuestra tierna esperanza,
a pesar de haber terminado con heridas en tantas batallas,
que no se me ocurre otra frase mejor que decir que
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Enfermedades, paro, pérdidas irreparables,
augurios desastrosos, pequeñas y grandes infidelidades,
odios y cinismos corrosivos…
nos enfrentan cada día que amanece
al reto de levantarnos decididos a encontrar el abrazo
con el que digamos, saliéndonos del corazón:
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Hoy, precisamente hoy,
es el momento oportuno para confirmarlo.
¿Para qué esperar mejores días?
No hay mejor día que éste, ni mejor compañía,
porque las personas que creemos en la VIDA RESUCITADA,
Restaurada, Revivida, Rehabilitada, Refundada, Revitalizada,
no tenemos mejor oración para recitar, 
cada vez que abrimos los ojos a un nuevo día que…
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Si estás triste, di con tristeza…
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Si estás alegre, canta sonriendo
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Si el enfado te acogota, di con rabia
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
Si estás en paz contigo, llora de alegría y di
¡HACE UN DÍA PRECIOSO!
No dejes de decirlo, estés como estés,
sientas dolor o plenitud, con dudas o con certezas…
Quien empeña su vida como vosotras, queridas hermanicas,
como vosotros, queridos hermanicos,
no tiene una frase mejor para cualquier momento del día que
¡¡¡HACE UN DÍA PRECIOSO!!!

sábado, 3 de marzo de 2012

S Á B A D O



 Me levanté temprano y anduve descalza
Por los corredores: bajé a los jardines
Y besé las plantas
Absorbí los vahos limpios de la tierra,
Tirada en la grama;
Me bañé en la fuente que verdes achiras
Circundan. Más tarde, mojados de agua
Peiné mis cabellos. Perfumé las manos
Con zumo oloroso de diamelas. Garzas
Quisquillosas, finas,
De mi falda hurtaron doradas migajas.
Luego puse traje de clarín más leve
Que la misma gasa.
De un salto ligero llevé hasta el vestíbulo
Mi sillón de paja.
Fijos en la verja mis ojos quedaron,
Fijos en la verja.
El reloj me dijo: diez de la mañana.
Adentro un sonido de loza y cristales:
Comedor en sombra; manos que aprestaban
Manteles.
Afuera, sol como no he visto
Sobre el mármol blanco de la escalinata.
Fijos en la verja siguieron mis ojos,
Fijos. Te esperaba.

Alfonsina Storni