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sábado, 10 de noviembre de 2018

Cristo dijo:



Cristo dijo

No quiero que mi alma
Sea un árbol abandonado
en el perfil andino de la noche
esperando en la oscuridad
ese amor que nunca tuve
por eso gritare una y otra vez 
en los desvelos de los que están naciendo
¡Que la bondad existe!
después  me levantare en silencio
con los brazos abiertos
como una cruz entre los pueblos.

Gregorio Polany - Mario Latorre

Imagen de internet.

lunes, 22 de agosto de 2016

Acabar con todo.



Dame, llama invisible, espada fría,
tu persistente cólera,
para acabar con todo,
oh mundo seco,
oh mundo desangrado,
para acabar con todo.

Arde, sombrío, arde sin llamas,
apagado y ardiente,
ceniza y piedra viva,
desierto sin orillas.

Arde en el vasto cielo, laja y nube,
bajo la ciega luz que se desploma
entre estériles peñas.

Arde en la soledad que nos deshace,
tierra de piedra ardiente,
de raíces heladas y sedientas.

Arde, furor oculto,
ceniza que enloquece,
arde invisible, arde
como el mar impotente engendra nubes,
olas como el rencor y espumas pétreas.
Entre mis huesos delirantes, arde;
arde dentro del aire hueco,
horno invisible y puro;
arde como arde el tiempo,
como camina el tiempo entre la muerte,
con sus mismas pisadas y su aliento;
arde como la soledad que te devora,
arde en ti mismo, ardor sin llama,
soledad sin imagen, sed sin labios.
Para acabar con todo,
oh mundo seco,

para acabar con todo.

Octavio Paz.

martes, 16 de agosto de 2016

¿Hasta cuando, hasta dónde?


                     ¿Hasta dónde vamos a sufrir la vida?
                     ¿Hasta cuándo vamos a llorar por dentro?
                     Y este afán inútil de imposibles
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     El dolor de Dios es una herida en grito.
                     Caminamos ciegos, a tentones, hacia
                     no sabemos qué sorpresa, lejos,
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     Preguntando, preguntando..., y nadie asoma
                     que responda. Un horizonte mudo se abre
                     en caminos y, anda que anda, vamos
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     La carcoma de la duda roe y roe.
                     Te nos caes, corazón, agusanado
                     de fracasos. Sola el alma sigue
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     Y la herida que se muerde su quejido,
                     gota a gota mana, gota a gota cae,
                     noche abajo, noche larga...
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     Sólo amor es ala para el libre vuelo.
                     Y amanece si una fe nos alza en vilo.
                     El misterio en sombra nos anega
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?
                     
                     ¡Oh congoja de anhelar que llegue el día!
                     ¡Oh cansancio de esperar lo que no viene!
                     Amo duro empuña la traílla...
                     ¿hasta cuándo, hasta dónde?


Bartolomé Mostaza Rodríguez



domingo, 14 de agosto de 2016

Todo cuanto menciono: ruinas...


    Todo cuanto menciono: ruinas,

    campamentos, estancias, todo.

    Así cuando digo ¡ah! ¡oh!

    y ¡ay! y, para resumir, ¡ay también!

    y cuando digo ella y él

    o ellas y ellos, plural o dual,

    también cuando escribo en mis versos

    que el destino me ha llevado a la altura o a lo profundo,

    y cuando digo que las nubes lloran

    o que las flores sonríen

    y cuando clamo por los camelleros

    que se fueron hacia el ban de Hajir

    o por los camellos de Hima,

    y hablo de lunas que se ponen en los gineceos

    o soles o plantas que se elevan

    y rayos, truenos o brisa,

    vientos -el austral- o el cielo,

    camino, torrente o dunas, montañas, ruinas o cenizas,

    amigos, camellos o colinas,

    arriates, boscajes o vedados,

    o mujeres de pechos altivos y turgentes,

    que surgen como soles o estatuas,

    todo cuanto menciono de estas cosas,

    o de algo parecido, hay que entenderlo

    de los secretos y luces que aparecen

    y se elevan, que el Dios del cielo ha traído

    a mi corazón o al corazón de aquellos

    que como yo se someten a las leyes de los sabios.

    Una descripción santa y elevada enseña

    que mi verdad tiene un pasado,

    por ello, aparta tú el pensamiento de lo exterior

    y busca el interior para aprender.



Abu Bakr Muhammad ibn Alí ibn Arabi

viernes, 12 de agosto de 2016

Los niños tristes.



Muchas veces la tristeza en un niño puede desencadenar una depresión, y como ya sabemos en algunas ocasiones estas llevan al suicidio. Las tristezas son multifactoriales.

Francisco Xavier Méndez ha escrito un libro “El niño que no sonríe” en el vierte su conocimiento y casi al final hace un decálogo muy interesante, que puede ser de ayuda para los padres o tutores de menores y de quienes lo rodean, lo he copiado y me gustaría que lo reflexionaran y pusieran en práctica, no importa que no tengan hijos, puede servir de aprendizaje personal también.

DECÁLOGO PARA QUE SONRÍA EL NIÑO

1 Predique con el ejemplo.
Sonría, muéstrese de buen humor, disfrute su tiempo libre y sus vacaciones, piense en voz alta de forma sensata, etc.

2 Ayude a su hijo a divertirse y sentirse bien.
Programe actividades agradables y divertidas, invite a casa a los a los amigos de su hijo, sorpréndale con planes novedosos y atractivos, destaque sus logros, tenga en cuenta sus preferencias, etc.

3 Ahórrele sufrimientos innecesarios.
Cuide de su salud (vacunaciones, higiene, hábitos de sueño, alimentación, etc.), prepárelo para situaciones estresantes (la muerte de un ser querido, el inicio de la escolarización, etc.).

4 Promueva la armonía familiar.
Manifiéstele su cariño de palabra y con hechos, fomente la comunicación familiar, evite las disputas conyugales en su presencia, etc.

5 Edúquelo con afecto y coherencia.
Actúe de común acuerdo con su pareja, fije normas de conducta razonables y exija su cumplimiento, sea comprensivo y flexible, colabore con el colegio, etc.

6 Potencie sus cualidades, aficiones y hobbies.
Inscríbalo eh un gimnasio o club, despierte su interés por la lectura, la música, el cine, el teatro, el coleccionismo, las manualidades, etc., anímele a probar experiencias enriquecedoras, (nuevos sabores, juegos, deportes, etc.)

7 Entrénelo para tolerar la frustración.
No acceda a sus demandas irracionales, ignore sus rabietas, ensénele a respetar su turno, retrase gradualmente la satisfacción de sus peticiones aplazables, demore progresivamente la gratificación, haga que comparta sus juguetes y pertenencias, etc.

8 Hágalo responsable, no culpable.
Valore su esfuerzo (su estudio, su trabajo), no sus resultados (sus notas, sus ganancias). Fíjele objetivos realistas y felicítelo por Alcanzarlos, «¡enhorabuena por tus notas!» en lugar de «la próxima vez quiero todas sobresalientes».

9 Moldee un estilo cognitivo racional
Evite las etiquetas y el lenguaje absolutista, «eres un mal hijo», «nunca me haces caso», utilice el método socrático, en vez de facilitarle la solución hágale pensar, «¿qué podríamos hacer para resolver...? ¿y qué más?», converse con él, rebata sus ideas y creencias irracionales, etc.

10 Fortalezca su autonomía.
Enséñele destrezas básicas (asearse, vestirse, cocinar, el dinero, etc.), dele la oportunidad de que practique ayúdele todo lo necesario pero no le resuelva sus problemas permítale participar progresivamente en la toma de decisiones, etc.

Fuente: Autor: FRANCISCO XAVIER MÉNDEZ
Título del libro “El niño que no sonríe”. Pág 68

Y yo añadiría, enséñele que Dios existe y que puede confiar en Él, que no se sienta solo, que existen los Ángeles y los Santos que están al servicio de Dios prestos para brindarnos ayuda.

Que aprenda a orar y se acerque a la Eucaristía, que existe la Iglesia.

miércoles, 10 de agosto de 2016

Carta.



Con letras ya borradas por los años,

en un papel que el tiempo ha carcomido,

símbolo de pasados desengaños,

guardo una carta que selló el olvido.



La escribió una mujer joven y bella.

¿Descubriré su nombre? ¡ No, no quiero!

pues siempre he sido, por mi buena estrella,

para todas las damas caballero.



¿Qué ser alguna vez no esperó en vano

algo que, si se frustra, mortifica?

Misterios que al papel lleva la mano,

El tiempo los descubre y los publica,



Aquellos que juzgáronme felices

en amores; que halagan mi amor propio,

aprendan de memoria lo que dice

la triste historia que a la letra copio:



“Dicen que las mujeres sólo lloran

cuando quieren fingir hondos pesares,

los que tan falsa máxima atesoran,

muy torpes deben ser o muy vulgares.



Si cayera mi llanto hasta las hojas

donde temblando está la mano mía,

para poder decirte mis congojas,

con lágrimas mi carta escribiría.



Mas si el llanto es tan claro que no pinta,

y hay que usar de otra tinta más obscura,

la negra escogeré, porque es la tinta

donde más se refleja mi amargura.



Aunque no soy para soñar esquiva

sé que para soñar nací despierta.

Me he sentido morir, y aún estoy viva;

Tengo ansias de vivir, y ya estoy muerta.



Me acosan del dolor fieros vestigios.

¡Qué amargas son las lágrimas primeras!

Pesan sobre mi vida veinte siglos,

y  apenas cumplo veinte primaveras.



En esta horrible lucha en que batallo,

aun cuando débil tu consuelo imploro,

quiero decir que lloro y me lo callo,

y más risueña estoy cuando más lloro.



¿Por qué te conocí? Cuando temblando

de pasión, sólo entonces no mentida,

me llegaste a decir: ¡ te estoy amando

con un amor que es vida de mi vida!



¿Qué te respondí yo? Bajé la frente;

triste y convulsa, te estreché la mano,

porque un amor que nace tan vehemente,

es natural que muera muy temprano.



Tus versos para mí conmovedores

los juzgué flores puras y divinas,

olvidando, insensata, que las flores

todo lo pierden, menos las espinas.



Yo, que como mujer, soy vanidosa,

me vi feliz creyéndome adorada,

sin ver que la ilusión es una rosa

que vive solamente una alborada.



¡Cuántos de los crepúsculos que admiras,

pasamos entre dulces vaguedades,

las verdades juzgándolas mentiras,

las mentiras creyéndolas verdades!



Me hablabas de tu amor, y absorta y loca,

me imaginaba estar dentro de un cielo,

y al contemplar tus ojos y tu boca

tu misma sombra me causaba celo.



Al verme embelesada al escucharte,

clamaste,-aprovechando mi embeleso-,

“Déjame arrodillar para adorarte”,

y al verte de rodillas te di un beso.



Te besé con arrojo, no se asombre

un alma escrupulosa o timorata:

la insensatez no es culpa. Besé a un hombre,

porque toda pasión es insensata.



Debo aquí confesar que un beso ardiente,

aunque robe la dicha y el sosiego,

es el placer más grande que se siente

cuando se tiene un corazón de fuego.



Cuando toqué tus labios fue preciso

soñar que aquel placer se hiciera eterno.

Mujeres: es el beso un paraíso

por donde entramos muchas al infierno.



Después de aquella vez, en otras muchas,

apasionado tú, yo enternecida,

quedaste vencedor en esas luchas

tan dulces en la aurora de la vida.



¡Cuántas promesas, cuántos devaneos!

El grande amor con el desdén se paga;

toda llama que avivan los deseos,

pronto encuentra la nieve que la apaga.



Te quisiera culpar y no me atrevo;

es, después de gozar, justo el hastío;

yo, que soy un cadáver que me muevo,

del amor de mi madre desconfío.



Me engañaste, y no te hago ni un reproche,

era tu voluntad y fue mi anhelo;

reza, dice mi madre, en cada noche;

y tengo miedo de invocar al cielo.



Pronto voy a morir; esa es mi suerte.

¿Quién se opone a las leyes del destino?

Aunque es camino obscuro el de la muerte,

¿quién no llega a cruzar, ese camino?



En él te encontraré; todo derrumba

el tiempo, y tú caerás bajo su peso:

tengo que devolverte en ultratumba

todo el mal que me diste con tu beso.



¿Mañana he de vivir en tu memoria?

En aquella región quizá sombría

mostrar a Dios podremos nuestra historia.

Adiós... Adiós... hasta el terrible día.



Leí estas líneas y en eterna ausencia

esa cita fatal vivo esperando...

Y sintiendo la noche en mi conciencia,

guardé la carta y me quedé llorando.




Juan de Dios Peza