domingo, 29 de abril de 2012

Una investigación reciente apunta a la altura como explicación del alto índice de suicidios en una zona de EE. UU






Los investigadores han observado, desde hace años, que los índices de suicidio más elevados de EE. UU. parecen darse entre los residentes de la región llamada "intermontañosa oeste" del país. Ahora, una investigación reciente señala una posible a la altura como posible explicación, aunque otros factores regionales, como una baja densidad poblacional y una alta prevalencia de propiedad de armas de fuego, podrían contribuir al riesgo. En un artículo aparecido en “American Journal of Psychiatry”, los autores indican que la ingesta insuficiente de oxígeno, propia de la vida en altitudes elevadas, requiere un esfuerzo metabólico que podría, por sí mismo, agravar y contribuir este riesgo, sobre todo en personas que ya sufren trastornos del estado de ánimo y/o depresión. En el estudio, se indica que nueve estados del oeste (Montana, Idaho, Wyoming, Utah, Colorado, Nevada, Nuevo México, Arizona y Oregón), junto a Alaska, están entre los diez principales en términos de índices de suicidio en EE. UU. Asimismo, esos estados tienen las mayores altitudes del país. 


Teniendo en cuenta estas cifras, el Dr. Perry F. Renshaw, coautor del estudio y profesor de psiquiatría de la Escuela de Medicina de Utah e investigador de la iniciativa de Tecnología e Investigación en Ciencias de Utah (USTAR, por su sigla en inglés) y sus colegas del Instituto del Cerebro de la Universidad de Utah, el Sistema de Salud de Asuntos de Veteranos de Salt Lake City y la Universidad Case Western Reserve, también recurrieron a datos de los CDC sobre la propiedad de armas de fuego y la densidad poblacional en la región montañosa del oeste. Tal y como se esperaba, los datos revelaron que los índices de suicidio suben entre los propietarios de armas de fuego y los residentes rurales. Pero estos factores, por sí solos, no explicaban del todo la prevalencia del suicidio, incluso tras tomar estos factores en cuenta, la altitud elevada aún parecía ser un factor de riesgo de suicidio.


Renshaw y colegas calcularon que los que vivían a una elevación de 6,500 pies (1,981 metros) por encima del nivel del mar, que es más o menos la altitud promedio en Utah, parecen enfrentar un riesgo de suicidio un tercio más elevado que los que viven a nivel del mar. Como punto de comparación, el autor líder del equipo, Namkug Kim, por su parte, llevó a cabo un análisis separado de datos sobre las altitudes e índices de suicidio de Corea del Sur, hallando que las personas que residían a 6,500 pies por encima del nivel del mar en ese país también parecían enfrentarse a un riesgo de suicidio mucho mayor: concretamente, 125 por ciento más elevado que los que vivían a nivel del mar. 


A pesar de estos hallazgos, los autores advirtieron que se necesita más investigación, pues el amplio rango de otros factores como el sexo, la edad, los antecedentes culturales, la etnia, los antecedentes familiares, y el estatus social y económico, también entran en el cálculo del suicidio. "Si la altitud tiene que ver, probablemente haya remedios disponibles que no conlleven que toda la población de Salt Lake City se mude a nivel del mar", comentó Renshaw. Y concluye: "Pero por supuesto, todavía es demasiado pronto para decir cuáles serían esos remedios. De hecho, si lo que hemos propuesto se sostiene, esa será la gran pregunta".


Alan L. Berman, director ejecutivo de la American Association of Suicidology en Washington, D.C., dijo, en relación con este estudio que, aunque la existencia de una asociación entre altitudes elevadas y suicidio no le sorprendió, opinaba que otros factores más sobresalientes podrían subyacer a los índices observados en la región oeste de EE. UU. Señaló que "por ejemplo, es bien sabido que en general esos estados son mucho más rurales que la parte este de EE. UU., donde los índices de suicidio son relativamente bajos", señaló. "Y en las áreas rurales y remotas, hay una mayor distancia entre una persona que tiene problemas psicológicos y un recurso que pudiera intervenir, ya sea un cuidador, una agencia o un centro de atención en crisis. Por tanto, en general se buscará y recibirá menos ayuda". Por ello, concluyó que "hay muchas variables asociadas con los estados del oeste o intermontañosos donde los índices de suicidio son altos", "y esas variables podrían explicar la asociación mejor que la altitud per se".


http://www.psiquiatria.com/noticias/psiq_general_y_otras_areas/urgencias_psiq/suicidio/49052/

miércoles, 25 de abril de 2012

Me convertí en un zombi viviente, sin deseo de vivir y con un único anhelo: la muerte





Fui bautizada en la Iglesia Católica, como la mayoría de los niños filipino-americanos. Cuando mis hermanas y yo éramos pequeñas, mi madre hizo lo posible por inculcarnos el amor al Señor y a Nuestra Madre. También nos llevó a un colegio católico para que se cultivasen en nosotras buenos valores cristianos. Pero yo era una niña muy rebelde, y bastaba que mi madre me dijese una cosa para que yo hiciese lo contrario. Ella nos animaba siempre a vivir la fe, pues amaba a Dios desde que era muy joven, pero yo nunca demostré interés por conocerle aunque Él sí me conocía a mí.

Se podría decir que mi camino hacia Dios comenzó con un acontecimiento inesperado que afectó a toda mi familia. A mi tío le diagnosticaron cáncer y los médicos le habían dicho que le quedaban sólo tres meses de vida. Sus hijos decidieron que si su padre iba a encontrarse con su Creador, antes debería tratar de estar "a buenas” con Él. Oyeron hablar de una mujer que tenía el don de sanación y servía como instrumento de Dios. Aunque mis primos al principio eran bastante escépticos, la invitaron a su casa una noche para rezar con mi tío y el resto de la familia. Ninguno sospechábamos que a partir de entonces nuestras vidas no volverían a ser las mismas. Las ruidosas noches de baile fueron sustituídas por la misa, y las conversaciones frívolas sobre la moda, por el rezo del rosario y otras conversaciones espirituales. Para no alargarme mucho, diré que después de unos pocos meses, el tumor había desaparecido milagrosamente. Pero el mayor milagro de todos fue la conversión de muchos miembros de mi familia.

Aunque yo sólo tenía unos doce años cuando sucedió todo esto, yo ya había sentido la llamada del Señor a amarle. Pero el mundo me atraía mucho, me dejé llevar por su corriente y me olvidé totalmente de Dios. En los años siguientes, mi relación con el Señor creció muy poco. El encuentro que había tenido con Él a los doce años se convirtió en un recuerdo borroso.

En marzo de 1998, mis primos organizaron una peregrinación para sus amigos y algunos miembros de la familia a santuarios de Francia, Portugal, Italia y España. Yo me uní al grupo, sin otra intención que faltar algunos días a clase y hacer un poco de turismo por Europa. Tenía entonces 17 años, no estaba muy interesada en visitar muertos, aunque fueran santos, y empezaba a intranquilizarme el ir de iglesia en iglesia. Para mí eran todas iguales: grandes y antiguas. Pero cuando estábamos en España, nos invitaron a comer con los Siervos y Siervas del Hogar de la Madre. Recuerdo aquellos momentos con gran cariño y hasta el día de hoy los llevo grabados en mi corazón. Después de servirnos una paella estupenda, mis ojos y oídos se quedaron fijos en ellos al verlos cantar y escuchar el relato de sus vocaciones. Aunque no entendía las canciones, porque eran en español, el Señor me hablaba a través de la alegría de sus rostros. Era una alegría que yo nunca había visto antes. Parecían tan libres, tan inocentes. Tenían algo en su interior que los hacía felices. Yo, eso no lo tenía, ni sabía que existía. Yo no podía identificarlo, pero fuera lo que fuera, lo quería y lo necesitaba de veras. Aquel día fue uno de los más felices de mi vida. Más tarde, nos llevaron a verlo todo. El P. Rafael nos iba enseñando la casa, en aquel tiempo había poco más que cuatro paredes, y recuerdo que nos dijo: “Si alguno se siente llamado a venir y ayudarnos a construir...¡que venga!". En aquel momento, me sentí llamada. Sentí la llamada a ayudar en la construcción. De momento no sabía que no era sólo la casa y la capilla lo que yo estaba llamada a construir. Era algo mayor, mucho mayor. Algún tiempo después, por la gracia de Dios, supe lo que era. Algo gordo tuvo que pasar en mi vida antes de que pudiera llegar a descubrirlo.

Desgraciadamente, cuando volví a casa después de la peregrinación, la idea de volver a España dejó de ser una prioridad en mi lista. Tenía mi novio, mis amigos, mi coche nuevo y mi último año de instituto, incluyendo la graduación y el desgraciado viaje de fin de curso. Con toda esa diversión a la vista, ¿cómo podía pensar en otra cosa? Toda mi vida giraba en torno al “aquí y ahora”. Me lo pasaba bien bailando por las noches en los pubs de Nueva York, viviendo una vida inmoral con mi novio y entrando más y más en el mundo del alcohol y las drogas.

Yo diría que llegado aquel punto, me contentaba con el intento de buscar la felicidad y la excitación en cualquier cosa que tocaba. Entre mis amigos, yo había sido siempre la loca que parecía no tener ningún problema en hacer lo que le diera la gana y que nunca pensaba en las consecuencias. Con aquella actitud, me metí en la pista rápida hacia el desastre.

Mirando atrás, veo cómo el Señor intervino en aquel momento, de un modo doloroso, pero notable. En un abrir y cerrar de ojos, mi vida dio un vuelco completo. Aquellos tiempos emocionantes llenos de diversión se acabaron y mi vida quedó en ruinas. Rompí con mi novio y, como resultado de la ruptura violenta, caí en una depresión profunda que se apoderó de todos los aspectos de mi vida. Como había perdido la habilidad de desenvolverme normalmente y concentrarme, suspendí el último año de instituto y pude aprobar la segunda vez sólo gracias a clases particulares. Era un cadáver viviente, yendo a duras penas a clase para pasarme el día sentada enel despacho de la orientadora, llorando. Pasé mucho tiempo yendo de psicólogo en psicólogo, probando nuevas medicaciones contra la depresión. No encontrando alivio en las píldoras ni en los médicos, empecé a medicarme con más drogas y alcohol. Esto sólo empeoró la situación. Me convertí en un zombi viviente, sin deseo de vivir y con un único anhelo: la muerte. Como trataba de suicidarme, y mis médicos tenían miedo de que me quitara la vida, me internaron en un centro de rehabilitación para enfermos mentales toxicómanos. El tiempo que pasé en esta institución ayudó a mantenerme lejos de las drogas por un tiempo y fuera del ambiente de mis amigos, pero sin la fuerza ni la voluntad de vivir una vida con dignidad. Las cosas volvieron a ser las mismas cuando volví a casa. Estaba convencida de que para mí no había esperanza.

En mi mente, oía la voz de mi madre que me decía: “¡Pide a Dios que te ayude! ¡Él te salvará!”. En aquel momento, no podía pedir ayuda a Dios. No sé si era porque pensaba que Él no podía ayudarme o si mi orgullo me impedía acudir a Él. El orgullo había sido siempre el protagonista en mi vida y ahora veo el modo por el que el Señor permitió que tocara fondo antes de poderme levantar.

Un día, después de llevar a casa a una amiga para visitar a su novio, que estaba detenido en un centro para menores (todos mis amigos estaban en situaciones similares: adolescentes con hijos y problemas con la ley), pensé que ya no podía soportarlo más. Lo único que quería era morir y me sentía atrapada en un cuerpo que sólo conocía el dolor. Había empezado a herirme físicamente, para ver si había algo que pudiera causarme más dolor que el que ya tenía dentro. Anteriormente había intentado suicidarme, pero tenía suficiente formación como para saber que si te suicidas, vas al infierno; yo tenía miedo y no tenía arranque para hacerlo. Aunque este pensamiento me tuvo alejada de la idea del suicidio durante un buen tiempo, llegó un momento en el que ya no podía aguantar más. Fui a la farmacia y compré un bote de píldoras con la intención de tomarme una sobredosis. Pero tenía miedo. Tenía miedo del infierno y sabía que allí había un cartel con mi nombre esperándome. ¡Pero tenía que hacerlo! Entonces, como de la nada, me vino el pensamiento de que primero debía confesarme y después suicidarme. En mi desesperación, pensaba que era el único modo de librarme del infierno. (Ahora veo al Señor de misericordia abajándose hasta el punto de utilizar mi propio orgullo para salvar mi alma). En mi aturdimiento, escribí todos mis pecados en un cuaderno, dejé las pastillas en la mesita, al lado de mi cama, y me fui a la iglesia, sabiendo que cuando volviera, se acabaría todo. Entré en el confesionario y lloré mis pecados. Para mi sorpresa, algo extraño pasó cuando dejé el confesionario. De repente, estaba inundada por un gran sentimiento de esperanza. Me sentía como si me hubieran quitado un gran peso de encima y libre de la nube negra que me perseguía. Recuerdo que llamé por teléfono a mi psicóloga, que me llamaba todos los días para ver si estaba bien y le grité: “¡Tengo una razón para vivir! Todavía no sé muy bien cuál es, pero ¡tengo una razón para vivir!”. En aquel momento, recibí una gracia inmensa del Señor para cortar toda relación con mis amigos, algo que siempre me había resultado muy difícil. Desconecté el móvil y por tres meses me quedé en casa tratando de recuperarme y de arreglar la relación con mi familia. Por primera vez en tres años me sentí viva otra vez.

En julio de 2001 me invitaron a un Encuentro de verano del Hogar de la Madre en Nueva Jersey. Me acordaba de España y sabía que lo pasaría bien en el campamento. Llegué unos días después, con unas cuantas maletas de más, y el corazón abierto. ¡Y allí fue donde Dios lo llenó! Allí es donde encontré cuál era el sentido de mi vida. El sentido de mi vida era el Señor y desde aquel día supe que tenía que vivir para Él y sólo Él. Conocí el inmenso amor conque era amada por Nuestra Madre y el importante papel que Ella había jugado en la salvación de mi vida y de mi alma. Le estoy muy agradecida por cuidar de mí y por haberme elegido para formar parte del Hogar de la Madre. También estoy muy agradecida a Dios por todas las personas (debieron de ser un montón) que rezaron por mí, especialmente mi madre, que me encomendó al cuidado y a la protección de la Virgen María.

Como ya he dicho, durante todo aquel tiempo hablé con muchos psicólogos y me recetaron todo tipo de medicinas, que si las hubiera tomado según la prescripción, habrían ayudado hasta un cierto punto. Pero en mi caso estoy convencida de que se trataba de una enfermedad del alma. Mi alma estaba muy enferma a causa del pecado y sólo el Médico Divino fue capaz de curarme, de esta enfermedad que me debilitaba, a través del sacramento de la confesión. No dudo de que la depresión clínica sigue siendo una de las enfermedades mentales que constituyen una plaga en nuestra sociedad, especialmente entre los jóvenes, yo era uno de ellos. Pero considerando que vivimos en una cultura que tira a Dios y los valores humanos por la ventana y pone en su lugar el dinero, el poder, y el gran “yo” como rey, no me sorprende que el índice de suicidios sea cada vez más alto y la depresión sea un mal común. 

El sentimiento de vacío que con demasiada frecuencia invade a muchos jóvenes es porque buscan llenar los huecos de su corazón con todo aquello que el mundo les dice que les va a hacer felices. Yo busqué en las cosas materiales, en los amigos, en las diversiones, en los placeres, y finalmente cuando no lo encontré en ninguna parte y empecé a desesperarme, me volví a la única escapatoria que encontré: las drogas. Se convirtió en un círculo vicioso en el que buscaba y buscaba y no encontraba nada. Y todo porque estaba buscando en lugares equivocados. Lo que buscaba en realidad era a Dios. Menos mal que Él es paciente, lleno de misericordia y me buscó ardientemente durante todo ese tiempo. ¡Es impresionante! Muchas veces me encuentro preguntándole por qué me buscó y por qué continúa buscándome y amándome, siendo la miserable criatura que soy. La única respuesta que encuentro es que Él es bueno, porque es Amor. Pues Él dice: “Yo no me complazco en la muerte del pecador, sino en que el pecador se convierta de su conducta y viva” (Ez 33,11).

Y por su gran misericordia y porque tengo la mejor Madre en el cielo que me quiere con locura, ahora vivo. Vivo, no como vive el mundo, que destruye todo lo que Dios ha hecho bueno, sino que ayudo a construir. Ayudo al Señor y a Nuestra Madre a construir algo grande, algo muy grande, ¡el Reino de Dios aquí en la tierra!


http://www.hogardelamadre.org/otros/hmj/testimonios/conversion.html

lunes, 23 de abril de 2012

CREDO



Aquí estoy...
En este mundo todavía... Viejo y cansado... Esperando
a que me llamen...
Muchas veces he querido escaparme por la puerta maldita
y condenada
y siempre un ángel invisible me ha tocado en el hombro
y me ha dicho severo:
No, no es la hora todavía... hay que esperar...
Y aquí estoy esperando...
con el mismo traje viejo de ayer,
haciendo recuentos y memoria,
haciendo examen de conciencia,
escudriñando agudamente mi vida...
¡Qué desastre!... ¡Ni un talento!... Todo lo perdí.
Sólo mis ojos saben aún llorar. Esto es lo que me queda...
Y mi esperanza se levanta para decir acongojada:
Otra vez lo haré mejor, Señor,
porque... ¿no es cierto que volvemos a nacer?
¿No es cierto que de alguna manera volvemos a nacer?
Creo que Dios nos da siempre otra vida,
otras vidas nuevas,
otros cuerpos con otras herramientas,
con otros instrumentos... Otras cajas sonoras
donde el alma inmortal y viajera se mueva mejor
para ir corrigiendo lentamente,
muy lentamente, a través de los siglos,
nuestros viejos pecados,
nuestros tercos pecados...
para ir eliminando poco a poco
el veneno original de nuestra sangre
que viene de muy lejos.
Corre el tiempo y lo derrumba todo, lo transforma todo.
Sin embargo pasan los siglos y el alma está, en otro sitio...
¡pero está!
Creo que tenemos muchas vidas,
que todas son purgatorios sucesivos,
y que esos purgatorios sucesivos, todos juntos,
constituyen el infierno, el infierno purificador,
al final del cual está la Luz, el Gran Dios, esperándonos.
Ni el infierno... ni el fuego y el dolor son eternos.
Sólo la Luz brilla sin tregua,
diamantina,
infinita,
misericordiosa,
perdurable por los siglos de los siglos...
Ahí está siempre con sus divinos atributos.
Sólo mis ojos hoy son incapaces de verla...
estos pobres ojos que no saben aún más que llorar.

León Felipe

jueves, 19 de abril de 2012

1000 Razones para vivir ()




P
or la VIRGEN DEL VERDÚN, URUGUAY (19 DE ABRIL)



Podéis mandarnos vuestra razón para vivir a nuestro correo quierosuicidarme@gmail.com y la publicaremos tan pronto como nos sea posible. También la podéis hacer llegar a través del siguiente formulario: MIL RAZONES PARA VIVIR

Poesía y suicidio.





La frecuencia de intentos de suicidio o suicidio consumado entre los poetas es muy elevada. Se han aducido diversas explicaciones para ello, como la alta incidencia de depresión, la gran frecuencia de rasgos anómalos de personalidad, la concurrencia de consumo de sustancias, el estilo de vida “bohemio”, o los efectos de la propia poesía sobre el estado anímico de los poetas. 

Metodología: Para analizar el tema se revisan las biografías y producciones artísticas de 67 poetas que murieron por suicidio, y se analizan los métodos empleados, así como las referencias propias o de otros autores anunciando o describiendo su próximo suicidio, así como las relaciones con variables demográficas y climáticas. 

Resultados: Los métodos de suicidio más utilizados con la intoxicación por sustancias y las armas de fuego, aunque en conjunto los métodos traumáticos superan a los tóxicos. La época del año predominante es otoñoinvierno. Las referencias en su obra a la muerte y el suicidio son constantes, y casi siempre próximas a la fecha del suicidio, anunciándolo en muchas ocasiones. Más del 50 % tenían antecedentes psiquiátricos o estaban en tratamiento. En la mayoría es posible encontrar indicios sugestivos de trastornos de personalidad. 

Conclusiones: El riesgo de morir por suicidio en los poetas es muy elevado; los problemas de personalidad, la comorbilidad psiquiátrica, la dedicación “obsesiva” a la poesía y la época invernal, son factores asociados con dicho riesgo.


Pueden ver el artículo completo en el siguiente enlace: 


http://www.neurologia.tv/bibliopsiquis/bitstream/10401/713/1/psiquiatriacom_2004_8_4_6.pdf

martes, 17 de abril de 2012

Suicidios y prevención, por el Dr. Alejandro Ferreyra psiquiatra

El Dr. Alejandro Ferreyra psiquiatra, presidente del capítulo de suicidología la Asociación de Psiquiatría Argentina nos habla sobre el suicidio y prevención.
¿Cómo está compuesto el capítulo de suicidología?
¿La gente que anda en vehículos en exeso de velocidad son suicidas en potencia?
Los comportamientos autodestructivos, gestos parasuicidios y factores de riesgos..
¿Qué autoridad evalúa el riesgo de los pacientes?
¿En qué consiste los estudios que se les realizan a los pacientes derivados de tránsito?
Los intentos de suicidios en niños y adultos.
¿Cómo se trabaja con la prevención en jóvenes?
¿Cuánto tienen que ver los padres que abandonan a sus hijos con que los menores tomen una determinación de llegar al suicidio?
La complejidad del suicidio y los factores que se deben tener en cuenta.
Un mensaje a la población.

La entrevista la podéis ver en el siguiente enlace:

domingo, 15 de abril de 2012

En aquel pueblo había suicidios cada mes... hasta que se edificó una iglesia





La prensa rusa recoge la historia de la Madre Domniquia, que acabó con décadas de suicidios


ForumLibertas / T. F. / P. J G




“Valiente” es un pueblo siberiano, fundado a principios del XX por cosacos del Kubán al lado del río Amur, entre la taiga y la frontera china. Durante años, se suicidaron en él familias enteras. Decenas de personas jóvenes y de cuerpo sano elegían la soga en vez de la vida. A simple vista, el culpable era el vodka y más tarde, el aguardiente casero. 


Lo explica Alexandr Yaroshenko (Rossiyskaya Gazeta, 14/04/20010), por haberlo vivido en carne propia. 


Por desgracia, no soy un teórico en esta materia: mi padre se suicidó en Valiente en 1980, cuando yo tenía 12 años. Unas horas antes de la tragedia él nos explicaba ardientemente, a mi madre y a mí, que el día anterior había sacado de la soga a su ex compañero de clase. Llegó con tiempo. Y le sacó con vida. 


"¡Qué estúpido que es! ¡Tiene unas hijas preciosas! Y mira qué hace", se preguntaba, perplejo, mi padre, inhalando el humo gris de su cigarillo.


En respuesta a la réplica de mi madre de que el vodka no lleva a nadie por buen camino, mi padre musitó unas palabrotas y juró que a él, ni con todo el pueblo empujando, le obligarían a ahorcarse. Aquella misma tarde ató su cinturón al radiador de la calefacción. 


En el pueblo no había iglesia. Antes de la revolución, no hubo tiempo para edificarla. Después, la vida allí era calcada de miles de organismos soviéticos de un solo piso en el campo. 


"Trabajaban de noche a noche sin salir nunca de la cola de los gráficos de producción, una vaca de forraje durante décadas no conseguía dar más de 2500 litros anuales de leche. Las cosechas también correspondían al sistema extensivo de la economía, con su reglamento vital de pérdidas planificadas. En todo lo demás era un pueblo como otros mil: escuela segundaria, casa de cultura con su propio grupo vocal-instrumental, con las canciones del cual bailaba media comarca".


Lo que distinguía el pueblo entre los demás, explica Yaroshenko, era una desgracia: casi cada mes alguno de sus vecinos se suicidaba. 


"Los lugareños practicaban su método favorito, el de ahorcarse. Y empezaron a abandonar la vida voluntariamente a principios de los tranquilos y somnolientos 70. Recuerdo que mi tía, vecina de Valiente, con una voz cotidiana me pasaba por teléfono la crónica mensual de las muertes voluntarias. Aquello era una epidemia espiritual. Dos o tres hermanos y su padre se iban uno tras otro en pocos años. Sin ninguna causa aparente. La gente no tenía deudas, ni romances pasionales, problemas gordos en casa o en el trabajo. Pero el sendero de la vida les llevaba hacia la soga..."


La muerte de un suicida es una herida que sangrará para siempre en sus perplejos familiares ¿Por qué? ¿Quíen tuvo la culpa? Estas preguntas quedan eternamente sin respuesta...


Yaroshenko entonces explica qué es lo que cambió.


"Hace unos cuarenta años vino al pueblo una joven agrónoma, Galina Neyman", explica. Del tatarabuelo alemán exiliado le quedaba sólo el apellido y el resto de su vida era un calco soviético. Una infancia de postguerra, lo que equivale a hambre, en las estepas del Transbaikal. Terminada la escuela, la joven a duras penas ingresó en la Universidad Agrícola de Blagoveschensk. Desde el primero y hasta el último día lectivo, “concilió” los estudios con el trabajo de lavaplatos en el comedor de su alma mater.


Sus padres vivieron en la miseria. Como “compensación” por su juventud mutilada, su carácter era inflamable: los tractoristas la temían más que a la resaca y enseguida bautizaron de “mamá”. Galina la Agrónoma conducía intrépidamente su todoterreno, fumaba como un carretero. Los borrachos, al divisar su vehículo, se escondían corriendo.


No tuvo suerte en su vida familiar: un marido alcohólico, dos hijos seguidos – y un trabajo duro – hasta romperse la espalda.


"Un día, mi maridito le clavó un cuchillo en la espalda de mi hijo pequeño. Gracias a Dios, no le mató. Al cabo de dos días le abandoné",  confiesa ella. Su marido pasó mucho tiempo rogando su perdón prometiendo no hacerlo más, pero ella no lo perdonó.


Pasaron unos años. Su hijo Dmitri, un hombretón de dos metros, regresó de la mili, se casó y, “a lo valiente”, con toda la cotidianidad, se ahorcó, dejando huérfanas a dos crías. Galina Neyman pasó meses sin poder pegar ojo en casa. Con solo cerrar los párpados, le parecía oír pisadas y susurros. 


"Creí que me volvía loca. El psiquiatra me prescribió antidepresivos, que sólo empeoraban la situación", explica Galina. Prácticamente dejó de comer y de dormir. El manto negro de la desgracia la tenía amortajada.


Un día fue a una iglesia y, por primera vez en su vida, se confesó. Mientras el pope leía la oración del perdón, lloró histéricamente, como nunca antes. Por primera vez durmió como un tronco. 


Empezó a frecuentar la iglesia. Una noche soño que una mano ataviada de hábito monacal la guiaba por el pueblo e inesperadamente le indicó el edificio semidestruido del despacho del sovjoz.  


"Oí una voz que me decía que en aquel lugar había de levantarse una parroquia ortodoxa", recueda la mujer. Aquel lugar no tenía nada de santo. También recordaba el cinturón atado al radiador que se llevó la vida de un padre de cinco hijos.


El pope la bendijo para la labor. Al cabo de medio año, el antiguo despacho adquirió un aspecto decente. Se cubrió el tejado, aparecieron nuevas ventanas, horno. Se rodeó con una valla nueva. Toda su pensión de agrónoma, la mujer invertía en aquella restauración.


"Trabajé allí días y noches enteros, a veces creía que caería sin levantarme jamás. Pero Dios me dio fuerzas", explica Galina. 


Decir que los vecinos no la entendían es no decir nada. Todo el mundo se burlaba de ella. 


“Idiota” es lo más decente que he oído de las personas con los que viví décadas codo con codo", recuerda. Ella, que había sido tan agresiva y malhablada, ahora lo soportaba todo en silencio y oración. "Me limitaba a recitar la oración de Jesús y me iba", cuenta la ex agrónoma.


Con el vista bueno de las autoridades eclesiásticas, el pope vino a bendecir el antiguo despacho impregnado de palabrotas koljozianas. La nueva parroquia recibió el nombre de San Siluán del Monte Athos (Siluán fue un joven pueblerino y soldado que en Athos consiguió una alta pureza espiritual y justicia).


En el pueblo sin Dios, tras la apertura de la parroquia, familias enteras venían a bautizarse. Aquellos que habían escupido a la cara de Galina Neyman, recibían los sacramentos entre los primeros.


Y entonces se rompió el ciclo: los vecinos de Valiente dejaron de quitarse la vida. En los últimos tres años se suicidó una sola persona, acosada por un cáncer. Con la parroquia, la epidemia de suicidios desapareció. 


La agrónoma Galina Neyman, tras largo discernimiento, decidió entrar en vida religiosa. Hoy se llama Madre Domniquia. 


Ahora la parroquia se sostiene en sus hombros, gracias a sus capacidades organizativas. Las escuelas bíblicas – para niños y adultos – están bajo su mando. En todas las tiemdas pueblerinas están colocadas las cajitas para limosna. Los primeros meses, junto con la calderilla, se recogían notas con palabrotas y maldiciones. Al cabo de tres años, el pueblo dona, por la salvación de las almas, mil rublos cada mes. Casi un rublo por persona.


El pasado febrero llegó a la parroquia un caminante malvestido y cansado. Cayó de rodillas ante los iconos, rezó un largo rato y luego le dijo a la monja:


- Iba del pueblo vecino hacia las vías del Transiberiano para suicidarme, vi una cruz ortodoxa, y mis pies solos me llevaron hasta aquí. Ahora volveré a casa, allí me esperan dos hijos pequeños.


La madre Domniquia le abrazó y lloró, como lo había hecho en el entierro de su hijo. En su espalda encorvada reconocía a decenas de sus vecinos que abandonaron la vida, mientras ella se mataba por las cosechas socialistas.


Y ahora, la madre Domniquia, a solas, lucha contra los productores de aguardiente clandestino, vendedores de muerte y lágrimas.


"Voy a sus casas, les exhorto, llamo a su conciencia. Rezo por ellos, que no saben lo que hacen. Ese dinero no les traerá felicidad", asegura. 


También, cada día, reza por el descanso de las almas de todos aquellos que se cansaron de saborear el momento corto llamado vida. 


"En mi último viaje a Valiente le pedí rezar por el hijo de Dios Vladimir, mi padre. Me lo prometió", finaliza su crónica Yaroshenko.




http://www.forumlibertas.com/frontend/forumlibertas/noticia.php?id_noticia=16754

viernes, 13 de abril de 2012

Esperanza



   ¿Y por qué no ha de ser verdad el alma? ...
¿Y por qué no ha de ser verdad el alma? 
¿Qué trabajo le cuesta al Dios que hila
el tul fosfóreo de las nebulosas
y que traza las tenues pinceladas
de luz de los cometas incansables
dar al espíritu inmortalidad?

¿Es más incomprensible por ventura
renacer que nacer? ¿Es más absurdo
seguir viviendo que el haber vivido, 
ser invisible y subsistir, tal como
en redor nuestro laten y subsisten
innumerables formas, que la ciencia
sorprende a cada instante
con sus ojos de lince?

Esperanza, pan nuestro cotidiano;
esperanza nodriza de los tristes; 
murmúrame esas íntimas palabras
que en el silencio de la noche fingen,
en lo más escondido de mi mente,
cuchicheo de blancos serafines...
¿Verdad que he de encontrarme con mi muerta? 
Si lo sabes, ¿por qué no me lo dices?

Amado Nervo

lunes, 9 de abril de 2012

Los tibios, los que tienen más riesgo de suicidio






Un interesante estudio sobre RELIGIOSIDAD Y RIESGO DE SUICIDIO EN UN GRUPO DE UNIVERSITARIOS ESPAÑOLES  en Valencia, España, muestra que los que conceden muchísima importancia o nula importancia a Dios en sus vidas, tienen menos riesgo de suicidio que la media de la población. Es decir que los muy religiosos y los ateos se suicidan menos que lo “tibios”


José Francisco Gallego-Pérez (1); Joaquín García-Alandete (1); Esteban pérez-delgado (2)
(1) Universidad Católica de Valencia "San Vicente Mártir" (Valencia, España)
(2) Universitat de València (Valencia, España)


PALABRAS CLAVE: religiosidad, riesgo de suicidio, desesperanza, estudiantes universitarios
KEYWORDS: religiosity, suicide risk, hopelessness, university students
RESUMEN:
Entre otras conclusiones a las que llegaron destacan las siguientes:
En este trabajo se analizan las relaciones entre la religiosidad (autodefinición religiosa, asistencia a la Eucaristía e importancia de Dios en la propia vida) y el riesgo de suicidio, en un grupo de 302 estudiantes universitarios, hipotetizándose una relación negativa entre estas dos variables: a mayor religiosidad, menor riesgo de suicidio. Los instrumentos de evaluación utilizados son un Cuestionario de Actitudes Religiosas y la Hopelessness Scale. Los resultados indican que ni la autodefinición religiosa ni la frecuencia de asistencia a la Eucaristía dan lugar a diferencias significativas en riesgo de suicidio, al contrario que la importancia concedida a Dios en la propia vida, que sí da lugar a diferencias significativas. En cuanto a los factores de la HS, ni la autodefinición religiosa ni la asistencia a la Eucaristía dan lugar a diferencias significativas, mientras que la importancia de Dios en la propia vida sí da lugar a diferencias significativas en los factores 2 (Pérdida de motivación) y 3 (Expectativas de futuro).


Los resultados obtenidos indican que ni la autodefinición religiosa ni la frecuencia de asistencia a la Eucaristía dan lugar a diferencias significativas en desesperanza. Esto es, declararse muy buen católico o católico en diversos grados de práctica, creyente de otra religión o increyente, así como asistir a la Eucaristía con una frecuencia mayor (igual o superior a mensual) o menor (frecuencia ocasional, incluso nula), no influye de manera significativa en el riesgo de suicido de los sujetos. 


Presentar un riesgo nulo/mínimo, leve, moderado o alto de suicidio no está en función, en términos de significatividad estadística, de la autodefinición religiosa y de la frecuencia de asistencia a la Eucaristía. Por el contrario, la importancia concedida a Dios en la propia vida arroja resultados significativos en desesperanza. En términos generales, los sujetos que muestran niveles de desesperanza más bajos son los que conceden a Dios muchísima y ninguna importancia, de manera significativa. Son estos sujetos los que presentan un riesgo de suicido menor (ninguno/mínimo y, en todo caso, leve).
Es importante subrayar que estos dos subgrupos son los que ocupan las posiciones extremas en esta variable religiosa, sin diferencias significativas entre sí.


Como se recordará, se hipotetizó una relación inversa entre religiosidad y desesperanza: a mayor religiosidad, menor desesperanza. Con otras palabras, a mayor religiosidad, menor riesgo de suicidio. Los resultados obtenidos confirman esta hipótesis de manera tan sólo parcial, y con exigencia de clarificación. Parcial porque, de nuevo, de las tres variables religiosas consideradas, tan sólo la importancia de Dios en la propia vida supone diferencias significativas. Con exigencia de clarificación porque, de nuevo, no es el hecho de ser «más religioso» o «menos religioso» en los términos de esta última variable, sino ambas cosas en su radicalidad, porque los sujetos que ante la cuestión de Dios y su relevancia existencial muestran una postura personal más radical, más «convencida» son los que muestran una mayor motivación y positivas expectativas sobre el futuro. 




http://www.neurologia.tv/bibliopsiquis/bitstream/10401/3712/1/interpsiquis_2006_24113.pdf

jueves, 5 de abril de 2012

El suicidio como pérdida de sentido




Por Roberto Esteban Duque. Doctor en Teología Moral


Ayer aparecía una noticia terrible, de las que suelen ocultarse o sobre la que recae un ominoso silencio social, mediático y político: en España hay más muertes por suicidio que por accidentes de tráfico. Según el último informe del INE, en 2009 más de 3.000 personas se quitaron la vida, lo que coloca al suicidio como la principal causa externa de defunción.


Sin el ánimo ni la torpeza de ser reduccionista, creo que el suicidio suele presentarse como pérdida del sentido de la vida, más concretamente como expresión de nuestra incapacidad de comprender y aceptar el sufrimiento. El suicidio nace del sufrimiento, del sufrimiento espiritual y físico. “El que tiene un porqué para vivir, puede soportar casi cualquier cómo”, sentenció Nietzsche. Siempre hay un motivo, una razón sustantiva para aferrarse a la vida, incluso en las horas más difíciles. Las terapias de quienes ya no esperan nada de la vida consisten en persuadir al paciente de que es la vida la que está esperando algo de ellos. A uno le espera una mujer, o un hijo. A otro, una importante tarea por realizar.


Cuenta Víktor Frankl, superviviente de los campos de concentración nazi, cómo existen tres cauces para encontrar un sentido a la vida. En primer lugar, una vida activa cumple la finalidad de presentar al hombre la oportunidad de desempeñar un trabajo que le proporciona valores creativos. Una vida contemplativa también le concede la ocasión de desplegar la plenitud de sus vivencias al experimentar la conmoción interior de la belleza, el arte o la naturaleza. Pero además de realizar una acción y de acoger la donación de la existencia, un tercer cauce para encontrarle un sentido a la vida es a través del sufrimiento: la actitud erguida del hombre ante un destino adverso, cuando la existencia le señala inexorablemente un camino.


“Sólo temo una cosa, no ser digno de mi sufrimiento”. Esta frase de Dostoievski nos enseña que nadie puede arrebatarnos nuestra libertad interior, incluso en los estados de tensión más crueles. En la decisión personal de dotar a su vida de un sentido reside la posibilidad de atesorar la dignidad moral que cualquier situación difícil ofrece al hombre para su enriquecimiento interior. Y ello determina si es o no merecedor de sus sufrimientos. La libertad interior puede elevar al hombre por encima de su destino adverso.


Decía Meister Eckhart que para conocer voluntariamente a Dios, el hombre debe atravesar una experiencia de desapropiación y aceptar un empobrecimiento que le permita el retraimiento, una libertad negativa que, sin embargo, es la única que puede descubrir la libertad interior como participación en la naturaleza divina.


Conocí a un sacerdote bueno y piadoso, párroco durante cuatro décadas en mi pueblo natal, que acabó sus días de manera fatídica. No entraré en consideraciones morales – sólo Dios conoce el corazón del hombre, equivocándonos siempre si queremos hacernos jueces de la historia de los hombres-, sólo diré que, como afirmara Santo Tomás de Aquino, nuestra vida no nos pertenece. Pero también conozco a otro compañero sacerdote que lleva con una entereza admirable su larga y difícil enfermedad, transformando así su dolencia, como hiciera Job, en declaración de esperanza: “yo sé que vive mi redentor… y con mi propia carne veré a Dios”. Al estar dispuesto al desafío de aceptar con integridad su enfermedad, la vida mantiene sentido y lo conserva hasta el final. La fe puede constituir una auténtica revelación: “Dios sólo podía recuperarme con la muerte de mi hijo”, me contaba una mujer que perdió en accidente a sus ser más querido.


En su Homilía en la Misa de beatificación, el Papa Benedicto XVI hablaba del testimonio de Juan Pablo II en el sufrimiento: “el Señor lo fue despojando de todo, sin embargo él permanecía siempre como una “roca”, como Cristo quería”. Un mensaje aún más elocuente, precisamente cuando sus fuerzas iban disminuyendo. De la vida de Juan Pablo II aprendemos el testimonio de una fe forjada por las pruebas, la fatiga y la enfermedad. El misterio del sufrimiento lo marcó desde muy joven, mostrando la gran docilidad de espíritu con que afrontó la peregrinación de la enfermedad, hasta la agonía y la muerte. En la vida entera del beato Juan Pablo II encontramos la verdad de que no existe felicidad que no esté fundada en el dolor, al tiempo que la afirmación de la misericordia absoluta de Dios y de la gratuidad de su gracia que nunca abandona su criatura. El silencio de Dios ante el sufrimiento de los hombres es sólo la desatención  ante una Palabra que sostiene el mundo y que sólo habla de amor.


Roberto Esteban Duque


 http://www.analisisdigital.org/2011/07/07/el-suicidio-como-perdida-de-sentido/

martes, 3 de abril de 2012

ODA III (LIBRO SEGUNDO)



Acuérdate de mantener en los momentos difíciles
un espíritu sereno,
e igualmente en los felices,
preservado de la insolente alegría, oh mortal Delio,
sea que hayas vivido triste en todo momento,
sea que hayas vivido feliz
recostado en una lejana pradera los días de fiesta
con la clase más selecta de tu Falerno.

¿Con qué fin el enorme pino y el blanco chopo
gustan de unir la hospitalaria sombra de sus ramas?
¿Por qué la fugaz agua se afana en brincar
por el tortuoso río?

Manda traer aquí vinos y perfumes y rosas,
flores demasiado efímeras,
mientras que tu situación y tu edad
y el hilo funesto de las tres Parcas lo permiten.

Dejarás los bosques comprados, y la casa,
y la granja que el amarillento Tíber baña;
dejarás, y las poseerá tu heredero,
las riquezas acumuladas.

Si rico, descendiente del antiguo Inaco,
o pobre y nacido de ínfima condición, a la intemperie,
nada importa;
morirás, víctima del Orco que de nada se apiada.

Todos estamos constreñidos a lo mismo:
se agita la suerte de cada uno
que, tarde o temprano, saldrá de la urna
y nos colocará en la barca hacia el eterno exilio.

Horacio