miércoles, 29 de enero de 2014

Muchos suicidios podrían ser evitados con intervenciones psicológicas de bajo coste


El 85% de los suicidios ocurren en los países de bajos y medianos ingresos, pero muchos de ellos podrían evitarse con intervenciones psicológicas de muy bajo coste que sólo se realizan en los países más ricos, según un informe.

El estudio parte de la base de que el suicidio es «una causa de muerte evitable» y que las investigaciones realizadas a lo largo de los dos últimos siglos han demostrado la efectividad de varios protocolos para prevenirlos y han puesto de manifiesto diversos factores de riesgo.

Los autores del estudio afirman que los países pobres pueden mejorar considerablemente la prevención de los intentos repetidos de suicidio mediante breves sesiones de información y educación del paciente después de que éste haya intentado acabar una vez con su vida, según publica el Boletín de la Organización Mundial de la Salud. Según datos de la OMS, en 2002 hubo 877.000 muertes por suicidio en el mundo y, de ellas, el 85% tuvieron lugar en los países de bajos y medios ingresos.

El número de intentos de suicidio, según estos datos, puede llegar a ser hasta 40 veces mayor que los suicidios conseguidos. De hecho, las heridas autoinfligidas representaron en 2002 el 1,4 del total de las enfermedades tratadas, y se espera que la cifra se incremente hasta el 2,4% en 2020.


http://www.psiquiatria.com/noticias/psiq_general_y_otras_areas/urgencias_psiq/suicidio/37868/


sábado, 25 de enero de 2014

Atrapada por el sexo y el alcohol, estaba a punto de suicidarse ...


Las estadísticas indican que aunque hombres y mujeres se ven igualmente tentados por tener relaciones sexuales inapropiadas con otra persona (le sucede a entre un 9% de ellos y ellas), en lo que se refiere a la pornografía son muy distintos: ésta tienta con fuerza a un 28% de hombres, pero sólo a un 8% de mujeres.

La revista “Amaos”, editada por el Movimiento de los Corazones Puros, de origen polaco, recoge en su tercer número en español el testimonio de una chica que fue expuesta a la pornografía muy joven y eso la dañó en su sexualidad llevándola al alcohol y la depresión.

El acosador, la amiga y el primer porno
La muchacha, que firma como A.N., probablemente polaca, explica que de niña era víctima de intentos de abuso sexual por parte de un conocido de la familia que a menudo estaba borracho.

Aunque se zafó de él, “ese hombre despertó en mí la curiosidad”. Ella tenía 11 años. Una amiga algo más mayor le puso una película porno. “Lo que vi me gustó mucho”, recuerda. “Fui creciendo con amigos y amigas mayores que hablaban de sexo, pero no de amor”.

Sexo sin amor
Su padre siempre estaba ausente en el trabajo o en sus obvies, y no mostraba amor por su madre, a la que humillaba. Ella dedujo que el sexo era pura biología placentera, sin nada más. Quería experimentarlo. Al acabar el primer curso de formación profesional, cuando le dejaron ir a la discoteca, tuvo su primera relación sexual. Enseguida estableció una relación sólo sexual, sin compromisos, con un chico.

Dejó completamente la iglesia, se volcó en la música heavy y punk de tipo satánico y empezó a beber en exceso, a veces hasta perder el conocimiento.

Una vez soñó con Jesucristo, tal como aparece en el cuadro de la Divina Misericordia, el “Jesús, confío en ti”, muy extendido en Polonia. “Jesús me miró con tristeza y me dijo que me convirtiera, que Él venía en breve. Pero pensé que era sólo un sueño, no le di importancia”.

Beber contra el temor y la vergüenza
Ella ya tenía reputación de chica sexualmente disponible, recibía llamadas groseras y muchos chicos se burlaban de ella. “El temor y la vergüenza eran tan fuertes en mí que para salir de casa tenía que beber algo fuerte”, recuerda. Se acostaba con su primer “novio”, pero también con otros chicos y con algunos hombres casados.

Una voz en el suicidio
“Empecé a creer que de verdad acabaría como prostituta. En mi interior sentía un dolor que me despedazaba por dentro. Deseaba morir, me odiaba a mí misma. Y decidí acabar con mi vida. Pero aquella noche oscura, en el lago grande, junto al embarcadero, comprendí que suicidarme me condenaría a vivir eternamente en el mismo estado en el que me encontraba, que iba a arrojarme al infierno, lugar de desesperación, tinieblas y dolor”.

“Pero Alguien estaba a mi lado, y en medio de mi vacilación me susurró al corazón: Huye, ¿no lo ves?, allí hay luz.” Ella vio unos bloques de vivienda iluminados. El momento había pasado.

Entre Dios y las drogas
Volvió a casa, asustada, a la espera. Escuchó testimonios de satanistas que habían dejado esos ambientes y se habían vuelto hacia Dios. Se planteó si Dios podía ayudarla. Su madre no la ayudaba mucho porque lo que ella decía desanimaba más que apoyaba: “cuando tengas marido se avergonzará de ti, tus hijos sentirán vergüenza de su madre”, etc…

Así que la chica ya pensaba en iniciarse en las drogas, porque el alcohol no bastaba para ahogar estas penas.

“Y un día, después de una llamada telefónica francamente asquerosa, grité en mi interior: ¡ya no puedo más, ya no aguanto más! Y justo entonces, Jesús vino a mí. Lo vi interiormente. No sabría como explicarlo. Me dijo: Te amo, apóyate en Mí y ya no peques más”.

“Fue el día más feliz de mi vida, me había dado fuerzas, me había abierto los ojos a su presencia”, recuerda ella.

Esa noche se encomendó a Jesús. En pocos días, pese a su miedo, se confesó con un sacerdote, y al acabar sintió una gran alegría. Empezó a ir a misa a diario.

Conversión y tentaciones
Ella se había convertido y con oración estaba venciendo al alcohol y la lujuria. Cortó con todos sus novios. Tenía tentaciones, pero las controlaba. Se fue a otra ciudad a estudiar Reinserción Social, para ayudar a otros jóvenes. Durante dos años se sintió bien encarrilada. Incorporó el Rosario diario.

Después sufrió un periodo espiritualmente muy duro. Durante un año, en cuanto empezaba a orar o entraba una iglesia le asaltaban imágenes y pensamientos groseros y blasfemos que la perturbaban y distraían. Volvieron los antiguos miedos y el ansia de alcohol. “Me sentía repugnantemente impura, merecedora únicamente de la ira de Dios”. Eran tentaciones para quitarle la esperanza y la estabilidad.

Un sacerdote le apoyó todo ese año, se mantuvo con su rosario y misa diaria, añadió la adoración eucarística cada día y acudió a unos ejercicios ignacianos. “Fue una época de aceptarme a mí misma y de perdonarme, y el Señor me estaba abriendo mucho más a Él”.

Entrega total y sanación
Un poco más tarde cometió “un pecado contra la pureza”, pero fue el último y arrepentida hizo una opción firme por entregarse entera a Dios: “con mi mente, mi cuerpo y mi sexualidad”.

Desde entonces, ha aprendido a tratarse con la gente y los hombres sin temores. También señala que “no es sencillo encontrar compañía de gente diferente y decente”.

Y tiene un mensaje para quienes pasan por dificultades similares. “Deseo a todos los que luchan contra la impureza, el alcohol y otras formas de esclavitud y pecado, que no tengan miedo de dirigirse a Jesús. Él nos quita esos males, nos purifica, nos libera y nos sana y se entrega a Sí mismo”.




jueves, 23 de enero de 2014

Ah, yo quiero vivir...







Ah, yo quiero vivir
dentro del orden general
de tu mundo.
Necesito vivir entre los hombres.
Veo un árbol: sus brazos ya en angustia
o ya en delicia lánguida
proclaman su verdad:
su alma de árbol se expresa,
irreductiblemente única.
Pero el hombre que pasa junto a mí
el hombre moderno
con sus radios, con sus quinielas, con sus películas sonoras
con sus automóviles de suntuosa hojalata
o con sus tristes vitaminas,
mudo tras su etiqueta que dice «comunismo» o «democracia» dice,
con apagados ojos y un alma de ceniza
¿que es?, ¿quién es?

¿Es una mancha gris, un monstruo gris?

Monstruo gris, gris profundo,
profundamente oculta sus amores, sus odios,
gris en su casa,
gris en su juego,
en su trabajo, gris,
hombre gris, de gris alma.
Yo quiero, necesito,
mirarle allá a la hondura de los ojos, conocerle,
arrancarle su careta de cemento,
buscarle por detrás de sus tristes rutinas.
Por debajo de sus fórmulas de lorito
real (¡Pase usted! ¡Tanto gusto!),
aventarle sus tumbas de ceniza
huracanarle su cloroformo diario.

Un día llegará en que lo gris se rompa,
y tus bandos resuenen arcangélicos,
oh gran Dios.

Dime, Dios mío, que tu amor refulge
detrás de la ceniza.
Dame ojos que penetren tras lo gris
la verdad de las almas,
la hermosa desnudez de tu imagen:
el hombre.


Dámaso Alonso

domingo, 19 de enero de 2014

Según un estudio más del 90% de las personas que sobreviven a un intento de suicidio no quieren morir realmente

Las crisis suicidas se producen a menudo como consecuencia de rupturas amorosas o por la pérdida del trabajo, pero los médicos pueden impedir parte de los suicidios alejando a los pacientes de las armas. Algunas tácticas se basan en sugerir a los familiares que las saquen del domicilio o que las guarden en lugares de difícil acceso.

En un esfuerzo por crear un ambiente seguro para los suicidas potenciales, científicos de la Universidad de Harvard, en Estados Unidos, han demostrado que ampliar el tratamiento médico a pacientes y familiares más allá de la enfermedad mental, limitando el acceso de los enfermos a las armas y otros medios mortales reduce de manera significativa los suicidios. El estudio, que se publica en The New England Journal of Medicine y está dirigido por Matthew Miller, ha afirmado que "la mayoría de las crisis suicidas son temporales, ya que más del 90% de las personas que sobreviven a un intento de suicidio no quieren morir realmente. Sin embargo, un intento autolítico con arma de fuego raras veces da una segunda oportunidad".

Según las estadísticas, el suicidio es la segunda causa de muerte en los americanos de 40 años o menores, y más de la mitad emplean armas de fuego. La mayor parte de estos actos se ejecutan de manera impulsiva, por lo que mantener a estas personas alejadas de armas mortales durante los periodos de crisis es decisivo.

Con este estudio los científicos pretenden implantar un sistema que guíe a los médicos en la evaluación de los pacientes y que incluya la aproximación a los familiares para alertarles acerca de las consecuencias de tener armas cerca en estos pacientes.


 

miércoles, 15 de enero de 2014

El testimonio de Katrina Fernández. «El sufrimiento que he padecido y que he causado a los demás es inconmensurable y la culpabilidad casi me empujó al suicidio»







«Los partidarios del aborto nunca admitirán que una mujer que ha abortado es una madre, porque admitirlo sería reconocer el hecho de que una vez hubo un niño. No era un montón de células, sino un bebé vivo muy real». Así comienza la dura historia de Katrina, que tras guardar silencio durante quince años, ha reconocido finalmente que abortó no una, sino dos veces cuando era joven.

Mentiras en el abortorio
«Cuando las niñas tienen su primera regla no se llaman madres de un grupo de células, y precisamente por eso mucha gente realmente cree que el aborto es como tener una regla abundante o expulsar un gran coágulo menstrual. Exactamente así fue como me lo describieron cuando fui a la clínica hace quince años. Dos años más tarde, cuando fui para abortar por segunda vez, la mentira no había cambiado», explica Katrina en su blog personal The Crescat.

Sufriendo el síndrome post-aborto
Como ella misma explica, no hay consuelo para una madre que pierde a un hijo: estará de luto en su corazón durante el resto de su vida. Sin embargo, el aborto no sólo priva al niño de la vida y a la madre de su hijo, también priva a la madre de su luto: «No estás autorizada a estar de luto, porque no puedes reivindicar públicamente el título de madre», se lamenta.

Katrina sufrió el síndrome post-aborto que la literatura médica ha descrito y probado ampliamente: «Durante quince largos años he vivido con el dolor, la vergüenza y la culpa asociada con mi pasado. En ese momento sentí la negación de la realidad, la ira y la depresión».

Reconciliación su ella misma y con Dios
El punto de inflexión, de cambio, para Katrina fue el descubrimiento de la fe: «Sólo con mi conversión al catolicismo busqué la reconciliación que mi alma necesitaba. Una vez que hube recibido la gracia del perdón, se me confió la tarea más importante de mi vida: contarle a todas las mujeres que pueda por qué el aborto es horrible, malo y despreciable».

«Soy una cobarde en todos los sentidos»
Sin embargo, Katrina necesitó otros seis años para encontrar la valentía necesaria: «Para contar honestamente la verdad tenía primero que reconocer mi pasado, y para hacer eso me faltaban las palabras», admite la bloggera. «Hoy escribo sobre este pasado para poder admitir finalmente lo que he hecho, y para poder reparar mis crímenes, de manera que otros puedan saber que el aborto destruye fundamentalmente el alma de la persona».

«Aquí está la verdad que durante muchos años he negado y ocultado: Yo maté a dos de mis hijos, despojé a mis padres de sus nietos y maté a los hermanos de mi hijo», escribe Katrina con toda la crudeza.

Además de las secuelas psíquicas producidas por estos abortos, la blogger acarreó consigo otra terrible consecuencia, una condición médica conocida como «cuello uterino incompetente», que dio lugar al nacimiento prematuro de otro hijo, que murió en la unidad de cuidados intensivos neonatales en 2001 después de una semana de lucha: «El sufrimiento que he padecido y que he causado a los demás es inconmensurable y la culpabilidad casi me empujó al suicidio. Soy un cobarde en todos los sentidos».

«Era un cobarde en mi juventud, incapaz de asumir las responsabilidades de mi conducta sexual y soy una cobarde porque no he hablado con honestidad en contra del aborto durante muchos años».

Más aún, Katrina intentó ayudar a un amiga cuando estaba planteándose abortar, «pero entonces sólo podía hablar en tanto en cuanto no revelara mi horrible secreto. Finalmente, por haberme reservado esta información, no pude convencerla y abortó. Con mi silencio la he traicionado también a ella».

Los significados de la palabra «madre»
Para Karina, la verdad habla por sí sola cuando se mira de frente a la propia palabra «madre»: «Es una palabra realmente potente. Evoca muchos significados, y cuando una mujer se convierte en madre, cambia de modo fundamental. ´Madre´ como sustantivo significa una persona de sexo femenino que está embarazada o da a luz a un niño, o una persona de sexo femenino cuyo óvulo se une con un espermatozoide, y de ello se produce la concepción de un niño. De acuerdo con esta definición, si alguna vez has estado embarazada eres madre. Incluso si has abortado aún eres madre... una madre de luto», argumenta.

Y concluye: «Es el momento de levantarse y compartir con honestidad, con absoluto detalle y sin censura, lo que sucede cuando las mujeres abortan y cómo se cambia de manera fundamental. He estado callada durante demasiado tiempo». 



lunes, 13 de enero de 2014

¡Quiero vivir!





   De "Nuevas Castellanas"


Dios me las hizo de fuego...
¿Por qué no les dio dureza
si quiso su fortaleza
probar golpe a golpe luego?
¿Por qué enriqueció con riego
de sementera de amores
huerto que sabe dar flores,
si luego le manda días
de matadoras sequías
y vientos asoladores?

¡Ay! Al llegar a las puertas
de la tarde de mi vida,
voz de los cielos venida
me ha dicho: «¡Ya están abiertas!
¡Entra y sigue, y no conviertas
la mente a tiempos mejores,
que en vez de aquellos amores
de santidades pristinas
verás las desiertas ruinas
del solar de tus mayores!»

«¡Mejor es cegar, Dios mío!
¡Mejor es ir paso a paso
cayendo hacia el propio ocaso
solo, con pena y con frío!
¡Mejor es ir al vacío
que a ruinas y sepulturas!
¡Mejores son las negruras
de la noche más sombría,
que las negruras del día,
que son dos veces oscuras!»

Así, loco de dolor,
dije con vil vocecilla...
¡Esto que tengo de arcilla
fue quien lo dijo, Señor!
Pero esto que es resplandor
de Ti, venido hasta mí,
cuando tu rayo sentí
bien sabes Tú que te dijo:
«¡Señor! ¡La frente del hijo
tienes rendida ante Ti!»

Con solo llorar mi suerte,
con solo dejar abierta
de tal herida la puerta,
muriera de triste muerte.
Mas, hijo yo del Dios fuerte,
me he resignado a vivir,
y voy dejándome ir
sobre el polvo de la senda
caminando a media rienda
por el campo del sentir.

Porque si rindo la frente
sobre las manos crispadas,
si hacia las ruinas sagradas
dejo que vaya la mente,
si de mi llanto el torrente
dejo que anegue mi vida,
si abriese más esta herida
que en lumbre de fiebre arde,
viviera como un cobarde,
muriera como un suicida.

¡Quiero vivir! Las dulzuras
de los gozados placeres,
con hieles de padeceres
se toman del todo puras.
Visión de mis desventuras:
¡Yo no te cierro mis ojos!
Camino de los abrojos:
¡yo no me cubro las plantas!
Cruz que mis hombros quebrantas:
¡yo te acepto sin enojos!

¡Quiero vivir! Dios es vida.
¿No veis que en vida convierte
la ancianidad que en la muerte
cayó con dulce caída?
¿No soy yo vida nacida
de vidas que a mí se dieran?
Pues vidas que en mí se unieran,
si vivo, no han de morir,
¡por eso quiero vivir,
porque mis muertos no mueran!

¡Y no morirán conmigo,
que el huerto de mis amores
está rebosando flores
que pinta Dios y yo abrigo!
¡Y atrás el cierzo enemigo
de esas mis vivas canciones,
pues son santos eslabones
de una cadena florida
para corona tejida
del Dios de las creaciones.

¡Quiero vivir! A Dios voy
y a Dios no se va muriendo,
se va al Oriente subiendo
por la breve noche de hoy.
De luz y de sombras soy
y quiero darme a las dos.
¡Quiero dejar de mí en pos
robusta y santa semilla
de esto que tengo de arcilla,
de esto que tengo de Dios!


José María Gabriel y Galán

jueves, 9 de enero de 2014

Carmen Tejedor: Quien intenta un suicidio siempre querría vivir de otra manera


Carmen Tejedor, psiquiatra especializada en suicidología en el Hospital Sant Pau de Barcelona forma parte de un proyecto pionero en España de prevención de conductas suicidas, en el que además del citado Hospital participa el Centro de Psicoterapia de Barcelona, con el soporte de la Conselleria de Salut Mental de la Generalitat.

El intento de suicidio es algo que empieza a ser común entre los adolescentes. Se considera que por cada joven que comete suicidio, trescientos lo han podido intentar. La OMS calcula que el 90% de los casos de suicidio están asociados a desórdenes mentales como depresión, esquizofrenia y alcoholismo.

Cuestionado sobre qué intenta un suicida, Tejedor señala que hacerse daño, con mayor o menor intención de matarse. Poner en juego la vida para que cambie su vida, eso que se ha llamado "el grito de ayuda". Quien intenta un suicidio siempre querría vivir de otra manera. El que lo tiene muy claro, ya no hace un intento: lo suele conseguir, excepto esos que sobreviven de milagro tras lanzarse al vacío porque abajo había un toldo que los frenó.

Sobre el motivo más recurrente que tienen quienes intentan un suicidio, esta especialista apunta el amor. El primer y principal motivo siempre es la ruptura de una relación amorosa. Nos seguimos suicidando por amor. En todas las edades. Aunque en el caso de los adolescentes, aún más. La escasez económica ocupa el cuarto o quinto lugar entre los motivos para intentar suicidarse. Antes están, además del tema amoroso, la familia, los límites que ponemos, los hijos. Y la enfermedad mental, que conlleva un gran riesgo de suicidio.

Por último Tejedor indica que existe la creencia de que hablar del suicidio aumenta el riesgo. Se cree que es contagioso, porque un 90% de la conducta humana se aprende por imitación. Yo pienso que el suicidio se evita hablando de él. ¿Sabe qué es lo que más preocupa a quien ha intentado matarse y se lo han llevado en ambulancia de casa?: Volver a casa. Un vecino con tendencia suicida es mucho más censurado en el barrio que un borracho.

 

domingo, 5 de enero de 2014

Abortó a sus gemelos y comenzó el calvario - Amy estaba cada vez más confusa e incluso pensó en el suicidio


Amy Ford tenía 20 años. Estudiaba y trabajaba, vivía a su aire y se echó novio, con quien mantenía relaciones sexuales. Un día fue al médico porque se sentía "enferma como un perro" y le explicaron la causa de su malestar: estaba embarazada.

Se sintió "asustada, enfadada, confusa" y, sobre todo, "completamente sola": "Embarazada, estudiando, era camarera, estaba endeudada... y sola". Una semana después, convertida en un "despojo" y con el malestar que no se le iba, volvió al médico, quien la reenvió a una consejera.

Las tres opciones
"Fui. Le conté mi triste y lacrimógena historia, cómo llevaba días sin comer ni dormir. Fue muy dulce. Me dio un refresco y algo de picar y estuvo conmigo mientras lloré. Todavía recuerdo su amabilidad, ni me juzgó ni me avergonzó, como una madre. Me dio nombres y lugares de diversos sitios a donde ir. No me orientó en una dirección u otra. Sé que no podía. Desearía que hubiese podido", cuenta Amy a LifeNews.

Las opciones eran seguir el embarazo, la adopción o el aborto. Llegó a casa y lloró y, aunque no era creyente en esa época, pidió a Dios que la matara: "Creía que Él me odiaba y estaba arruinando mi vida, que no era nadie para Él". Al día siguiente visitó un centro provida. Le enseñaron un vídeo de un aborto: "Estaba tan enferma que no pude ni verlo", y salió corriendo de allí.

Perdida en un mar de dudas, Amy llamó a su madre. Le costó, porque la vida familiar no había sido un lecho de rosas ("no veía el momento de irme de casa"). Tanto su madre como su padre, sin embargo, la apoyaron en la decisión que tomara y le ofrecieron volver. Pero...

"Haz lo que quieras pero no dejes que una noche arruine tu vida. No es realmente un niño", arguyó su padre. Amy estaba cada vez más confusa e incluso pensó en el suicidio, porque además el padre de la criatura le dijo que estaba loco por ella, pero que no podía hacerse cargo del bebé. En cuanto a los amigos, los había de toda opinión.

El error
Y finalmente Amy, quien al principio se inclinaba por conservar a su hijo, dio un giro de ochenta grados y pidió cita en el abortorio: "No recuerdo mucho. Sí recuerdo el latido del corazón. Recuerdo la ecografía. Gemelos. Embarazada no de uno, sino de dos".

Pero ya no había marcha atrás: "Recuerdo el dolor durante la intervención y el color rosa. Todo lo que veía era rosa. Lloré. Y lloré. Y en cuanto terminaron, me fui. No quise esperar". La amiga con la que había ido la acompañó a casa, pero luego tenía que ir a trabajar, así que se quedó, de nuevo, sola. Esa amiga, contraria a lo que iba a hacer pero siempre a su lado, había intentado detenerla tras la ecografía. "¿Por qué no me fui entonces?", lamenta Amy: "No un asesinato, sino dos...".

"Estuve en pie toda la noche y callé mi dolor con todo el alcohol que encontré en mi pequeño apartamento", dice Amy. Era sólo el principio, porque ése fue su recurso para tirar adelante con todo: estudios, trabajo... y el pesar que la invadía por lo que había hecho. "Dolor, vergüenza, culpa... No me perdonaba a mí misma. Me volví fría como el hielo. Mi sonrisa desapareció y se instaló la negatividad en todo".

Salvarás vidas...
Y encima apareció el padre de los gemelos para decirle ahora que de haber tenido más tiempo, sí, que él habría ayudado, que podrían haber sido padres... Amy volvió a ver a la consejera inicial, le contó su dolor... y lloraron juntas: "Fue la primera vez que descubría sus emociones. Me dijo que lo que yo habia hecho no lo había hecho tan a la ligera como otras chicas que ella había atendido. Me dijo que yo podría contribuir a cambiar el mundo y que salvaría vidas. Cuando llamaron a la puerta, llevaba en su oficina cuatro horas. Creo que Dios la envió a mí. Nunca la volví a ver. No comprendí sus palabras en aquel momento. Pero ahora creo que plantó una semilla".

La relación con su novio se vino a pique. Ella seguía "obsesionada" con la decisión que había hecho. Bebía cada vez más. Lloraba continuamente. Había comprado dos animales disecados a modo de recordatorio de sus gemelos, pero verlos mantenía vivo el dolor. Los guardó en una caja junto con la ecografía: "Y en esa caja guardé también mi corazón, mis esperanzas, mis sueños, mis deseos".

Dos hijos no apagan el dolor de otros dos
Dos años después conoció a otro chico. Se casaron y se quedó embarazada de un niño. "Recé por tener dos. Dos. Necesitaba dos". Y nació una niña. Su marido la amaba, y amaba a los pequeños. El padre de él había abandonado a su madre cuando ella quedó embarazada, así que comprendía a Amy.

Pero Amy no se comprendía a sí misma. Se mantenía atada "por las pesadas cadenas de la vergüenza".

"Y entonces Él vino a mi encuentro una noche y me pidió que abriese aquella caja y afrontase mi dolor. Me desperté enferma. Soñaba con aquella elección casi cada noche. Aquellos niños nunca me habían dejado en realidad. A la mañana siguiente busqué la caja, pero no la encontraba. Junto con la ecografía. Junto con los animales disecados. Pensé lo peor de mí misma. ¿Cómo podía haberme deshecho de aquello? La caja había desaparecido, pero mi destrucción continuaba. Nunca me vería libre de mi elección", cuenta Amy.


"Mi mente. Mi cuerpo. Mi elección": los abortistas están evitando cada vez más una cantinela que cada vez convence menos.
Elección... maldita elección
[Amy repite a menudo la palabra elección, choice en inglés. En Estados Unidos los abortistas disfrazan sus pretensiones bajo el manto de la libertad de elección de la mujer, y ella quiere transmitir las consecuencias cuando la elección es la muerte. La creciente impopularidad del aborto está llevando a sus partidarios a abandonar ese término, que durante años fue panacea para disfrazar el crimen como una conquista.]

"Dios me pedía confiar en Él, pero yo no sabía dónde hacerlo", recuerda. Pero aquella semana había una conferencia sobre el aborto en la iglesia. Se apuntó, y cuando volvió a casa, "con miedo y pena", le dijo a su marido que sentía como si Dios quisiese que venciese aquel dolor: "Me apoyó mucho. Me fui a la cama pensando: Dios, si quieres que vaya a esa conferencia, mándame una señal".

Y aquella noche soñó: "Soñé con la caja. Con su color. Con su ubicación. Con el contenido. Mi marido subía al desván y la encontraba allí". A la mañana siguiente, fue al desván y, efectivamente, la caja estaba allí: "Al abrirla, abrí mi corazón. Lloré durante horas. ¿Cómo podía haber sido tan estúpida? ¿Tan egoísta?".

Así que asistió a la conferencia y aprendió a afrontar su dolor: "Me llegó el perdón. La vergüenza se fue. Vi cómo Dios había estado a mi lado durante el tiempo de dolor... Estuvo cada noche ofreciéndome amor, esperanza, perdón. Le pedí que rompiese aquellas pesadas cadenas, y lo hizo".

Y hoy con su testimonio quiere contribuir a que otras mujeres no caigan en esa misma esclavitud. A salvar esas vidas que le prometió su consejera.





viernes, 3 de enero de 2014

Yo creo, creo, creo, creo...





Yo creo, creo, creo, creo
En mí, en ti, en mi estrella.
No espero nada de la vida
Pero aún así creo, creo, creo.
Todo en la vida así lo mido
Y, con valentía, voy por el camino oscuro,
Yo creo, creo, creo, creo
En mí en ti en mi estrella.

7 de marzo de 1913
Jarkov - Ucrania

Fedor Sologub
Versión de Jorge Bustamante García