jueves, 29 de noviembre de 2012

La ciclación rápida en bipolares eleva el riesgo de suicidio




Margarita García Amador, psiquiatra especialista en la Unidad de Adolescentes del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Gregorio Marañón, de Madrid, es la autora de un estudio transversal con 305 pacientes afectos de trastorno bipolar I o II donde se confirma que la ciclación rápida supone un marcador de curso de mal pronóstico, elevando el riesgo de suicidio. En este trabajo se observó que aquellos pacientes que presentaban ciclación rápida realizaban un mayor número de intentos de suicidio. "Mediante la realización de un Modelo General Lineal de Regresión, detectamos que los pacientes con trastorno bipolar y ciclación rápida, una vez habían cometido un primer intento de suicidio, presentaban un mayor número de intentos de suicidio posteriores que los pacientes que, si bien habían presentado intentos de suicidio anteriores, no presentaban el modificador de curso".

La ciclación rápida es una complicación del trastorno bipolar que frecuentemente implica un mal pronóstico. Consiste en la sucesión de cuatro o más episodios de la enfermedad a lo largo de un año, y es lo que se denomina un "marcador de curso". En realidad, la ciclación rápida no es un tipo de trastorno bipolar, sino una forma evolutiva, afortunadamente reversible con un tratamiento adecuado. Ocurre en un 15 por ciento de los casos de trastorno bipolar". 

El estudio evidencia que los pacientes con trastorno bipolar que presentan ciclación rápida tienen un mayor riesgo de cometer intentos de suicidio durante el curso de su enfermedad, por lo que el tratamiento de este marcador pronóstico ha de ser intensivo.

La autora señala que se debe tener en cuenta en la práctica clínica es la identificación lo más temprana posible de los casos que presenten ciclación rápida. "De esta manera podremos tratar de manera más intensiva y dirigida una presentación clínica que conlleva un peor pronóstico. Una mejor estabilización previene las complicaciones graves tanto a corto como a largo plazo".

"Al tratarse de una complicación grave, que es motivo de resistencia a los tratamientos habituales, no hay fórmulas específicas salvo la valoración cuidadosa del caso e ir trabajando día a día con el paciente", según informa García Amador.




martes, 27 de noviembre de 2012

Dios, suicidio.



Dios es el amigo de la vida y Jesucristo el Señor de la vida. Esta óptica de fe es la que me lleva a aportar una mirada espiritual sobre la problemática del suicidio, especialmente en los adolescentes. Sobre este tema, o mejor, a esta triste realidad, no deben anteponerse dogmas ni supersticiones pseudocristianas. Al abordar el hecho del suicidio se requiere de una fe adulta para plantearlo en los grupos u opinar sobre el mismo, como lo estoy haciendo ahora; por eso, aunque las estadísticas impacten y la psicología ayuda, daré un aporte más desde la espiritualidad cristiana. Con espiritualidad digo la “vida en el Espíritu”, vivir según el Espíritu de Jesús resucitado.

La proclamación de fe sobre el Dios de la vida y el valor inalienable de la dignidad de la vida humana desde la concepción hasta la muerte, nos hace tener una mirada de esperanza para poder acompañar a quienes no llegaron a consumar el suicidio, a las personas o familias que han perdido un ser querido que ha llegado a esta “determinación”. Fe en primer lugar, pues es la adhesión a la persona de Cristo que ha vencido a la muerte, que cuando es verdadera y se experimenta profundamente da sentido a la propia vida y a la vida de los demás. Esperanza, porque es la virtud que nos permite crecer, porque si tengo esperanza miraré más allá de mis propias realidades pequeñas para atreverme a dar un paso más en la conquista de mi realización integral.

Fe y esperanza deberían ser como el hálito de la cultura donde pasamos nuestros días. Sin fe, ni siquiera en uno mismo, la desilusión se reproduce por todos lados y el pesimismo es el pan cotidiano. Sin esperanza, las expectativas quedan acaparadas por el aquí y ahora, lo inmediato y lo por consumir, donde las metas personales son tan a corto plazo que no se sabe qué hacer cuando se las alcanza. Lamentablemente este es el humus donde están creciendo muchos adolescentes hoy, un medioambiente sin fe y sin esperanza. Es la atmósfera que envuelve a los suicidas.

Muchos se preguntarán qué dice la Biblia sobre el suicidio. En todo el libro se mencionan sólo siete personas que cometieron suicidio: Abimelec (Jueces 9, 50-57), Sansón (Jueces 16, 28-31), Saúl (1 Samuel 31, 1-6), el escudero de Saúl (1 Samuel 31, 1-6), Ahitofel (2 Samuel 15, 12-34; 16, 15-23; 17, 1-23), Zimri (1 Reyes 16, 8-20) y Judas Iscariote (Mateo 27, 1-8). El resto de la Biblia es una larga confesión del Dios de la vida, con Jesucristo vivo en medio del universo. Lo que siempre reprueba la Biblia es el asesinato y que un hermano perjudique la vida del propio hermano con la injusticia, el maltrato, la esclavitud, la marginación, la humillación. Esa inhumanidad es reprobada por el Dios de la vida. ¿No será que los suicidas viven en un medio inhumano?

El primer pensamiento errado que encontramos en muchas personas es: un suicida, al tomar el poder de Dios en sus propias manos, comete un pecado que lo lleva al infierno. Pero no encontramos ni un pasaje bíblico que afirme claramente esta conclusión. El silencio de la Biblia es justamente para que los vivos no le usurpemos el poder de juzgar a Dios el hecho del suicido, enviando nosotros a las personas a la salvación o a la condenación.

Al contrario, un pensamiento movido por el amor considera que el suicidio es un acto propio de una persona, que movida por la desesperación es un dato que sólo Dios conoce. Sé que los suicidas no tienen dominio sobre su propia voluntad, la depresión los lleva a anular la conciencia plena de sí y el razonamiento lúcido, por lo cual el suicidio no es un acto libre ya que desean acabar con el sufrimiento que padecen. Y sólo Dios sabe qué hacer con un hijo o una hija que ha atentado contra su propia vida. En ese terreno no nos podemos entrometer.

Si dejamos que el amor envuelva nuestro pensamiento, creemos que Dios escucha las oraciones de su pueblo y responde a nuestras súplicas. Por lo mismo, sabiamente el “Catecismo de la Iglesia” nos llama a orar por estas personas (cf. Nº 2283). Este es el acto más sublime ante esta situación. Y orar no sólo es pedir, sino confiar en su misericordia. Es esperar con humildad que Dios deje actuar al infinito amor que habita en él. Y entrar en oración da serenidad.

Para acompañar especialmente el duelo de los familiares de las personas que se han suicidado, hay que revestirse de sentimientos de amor. A esos muchos dolores –por la pérdida repentina, la bronca contra Dios, el autoinculparse- a veces se les suman dolores que vienen indirectamente de quienes deben poner el hombro para el llanto. Los piadosos se preguntan: ¿se puede celebrar la misa por un suicida?, ¿se les da sepultura cristiana? Y en vez de liberar de la tristeza a los que lloran, atan pesadas cargas sobre sus hombros. Y muchos pastores, católicos y protestantes, se encargan de atormentar aún más a los deudos cerrando las puertas de los templos negándoles los oficios litúrgicos. Lo sabio en estos momentos es no juzgar el acto suicida y ser de verdad hermanos en el dolor.

La Iglesia sólo da enseñanzas para aprender a amar la propia vida (cf. Cat. Igl. Cat. Nº 2280); enseña que el suicidio es contrario al amor (cf. Cat. Igl. Cat. Nº 2281); es escandaloso si se hace como ejemplo para los jóvenes y va en contra de la ley moral si es asistido y hay disminución de la responsabilidad si se da por trastornos psíquicos graves, angustia, o el temor grave de la prueba, del sufrimiento o de la tortura (Cat. Igl. Cat. Nº 2282). Todas estas enseñanzas son para nosotros que tenemos conciencia del valor de la vida y para que actuemos en consecuencia. No podemos aplicar estas enseñanzas a quienes ya han pasado por el fuego del suicidio, o lo intentaron, porque quizás nunca se educaron en esta fe.

El suicidio es un flagelo que avanza y carcome la sociedad. Por eso hay que hacer una propuesta a la integralidad de la vida, donde se promueva en diferentes ámbitos el valor de la vida, incorporando a lo social, lo político, lo educacional el sentido espiritual de la persona humana, cuya vida depende de Dios, como forma válida de prevención del suicidio. Asimismo, hay que trabajar interdisciplinarmente para que la atención a los familiares del suicida, donde la espiritualidad juega un papel importante.

Fuente Aquí.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Los seis suicidios del señor X






Por José María Jiménez de Vacas. 
Ganador de la VI edición de Excelencia Literaria
Colegio El Prado
www.excelencialiteraria.com


El señor X quería suicidarse. Hacía tiempo que había olvidado los motivos que le empujaban a ello, aunque estaba seguro de que los tenía, y, según creía recordar, eran más que razonables: eran sencillamente irrebatibles. De todos modos, ¿acaso el hombre necesita siempre de motivos para actuar? De vez en cuando hace cosas y punto, sin más.

No era la primera vez que lo intentaba, sino la sexta. Desde la cornisa de un edificio lo suficientemente alto, el señor X rememoró todos y cada uno de sus intentos frustrados:

“La primera vez fue muy difícil, como ocurre con todas las primeras experiencias. Uno no está muy seguro de querer hacerlo, o de saber hacerlo, y se acobarda. ¿Conseguiré mi objetivo? Imposible de saber. ¿Sentiré dolor? ¡Dios! Espero que no, aunque con todo lo que he sufrido en esta vida, qué más da, sobre todo si la respuesta a la primera pregunta es un rotundo “sí”. ¿Alguien llorará mi pérdida? Bueno... ¿aparte de mis acreedores? Tal vez mi abogado, que se quedará sin su mejor cliente, y el del bar de la esquina, que no sabrá qué hacer con tantas cajas de whisky en su trastienda. Lo que sí es seguro es que mi mujer no llorará, o al menos no lo hará hasta que descubra el montante total de las deudas que le dejo en herencia. ¿Hay otra vida después de ésta? La respuesta a esta pregunta es, con probabilidad, la razón de que muchos se hayan replanteado su decisión; cobardía o prudencia, eso no lo sé. Por lo que a mí respecta, si hay algo después de todo ésto, algo así como un castigo para los tipos como yo, dudo que sea peor que lo que dejo aquí.

Caí desde un quinto piso y pronto me di cuenta de que me había quedado corto. Con la cara aplastada contra el asfalto, masticando una pasta de sangre y trozos de dientes astillados, supe que seguía vivo. Todo mi cuerpo era un cúmulo de lesiones, roturas y heridas. Me preguntaba si algún hueso permanecería aún intacto. No sabía que el cuerpo pudiera contener tanta sangre. Hasta parpadear me suponía un sufrimiento atroz.

“Tiene suerte; podía haberse matado”. Aquel comentario del médico, lleno de inocencia, me habría hecho reír sino fuera porque al hacerlo los veintiún puntos que sostenían cada músculo de mi cara habrían reventado.

Mi segundo intento fue en el propio hospital. Después de varias semanas me encontraba mejor: podía respirar sin que me doliese. Más animado que nunca, aprovechando uno de tantos momentos de soledad en mi habitación (creo recordar que no di mucho trabajo a quienes allí trabajaban), arranqué una a una las sondas y tubos que me conectaban a infinidad de sustancias y aparatos. Esperé durante unos interminables minutos alguna reacción de mi cuerpo. Dolor o mareo, o cualquier otra cosa. Recuerdo que, contrariado, llegué a pensar si habría muerto ya. Pero no fue así, porque a la mañana siguiente me dieron el alta. “¡Un milagro!”, gritaban algunas enfermeras. Ese día me hice muy popular en el hospital.

Una vez en casa, comprobé que todo seguía igual. Mi mujer había redecorado los baños, nada más. Como no andaba por allí, decidí poner en marcha mi tercer y definitivo intento. Probablemente fue entonces cuando olvidé las razones de mi obstinado empeño por morir. Sí, creo que en ese momento el asunto se convirtió en una cuestión de orgullo.

Llené la bañera de agua tibia, me sumergí con toda calma y me abrí las muñecas. Así de sencillo. A los pocos minutos, me invadió un terrible sopor mientras el agua se teñía del inconfundible color rojo oscuro de la sangre. Mi mujer, siempre tan oportuna, me despertó de mi placentero sueño, pero ya no estaba en la bañera sino sobre mi cama, con los brazos vendados. Me gritaba y me insultaba. Le pregunté por qué me había salvado la vida. Me dijo que acababa de comprar esa maldita bañera: “Y mira cómo me la has puesto de sangre...”.

Del cuarto intento prefiero no hablar. Es demasiado vergonzoso. Sólo diré que había un arma de por medio y que ahora no puedo sostener un vaso con la mano derecha, por insuficiencia de dedos.

En lo que respecta a mi quinta y última intentona, fue quizás la más inteligente por ser la más segura y menos... desagradable, digamos. El plan consistía en recluirme en el garaje de casa, cerrar todas las puertas y ventanas, tapar con toallas húmedas cada hueco de ventilación y poner en marcha el motor del coche. En cuestión de minutos, según había leído, el dióxido de carbono del tubo de escape me aseguraría una muerte rápida y casi indolora. El caso es que, una vez dentro del garaje, descubrí que no había coche. “Cariño, ¿sabes dónde está el Renault?”, pregunté de regreso a la cocina. “No lo sé”, fue su respuesta, que yo debía interpretar como “La última vez que lo vi se lo llevaba la grúa”. Era la tercera vez que ocurría este año. ¡Dios mío! ¿Qué pude ver en esa mujer?”.

Ahora, ocho meses después de su primer ensayo de suicidio, el señor X se disponía a saltar desde la azotea del rascacielos más alto de la ciudad. Treinta pisos, casi cien metros de caída libre. Si no moría ahora se consideraría inmortal, para su desgracia.

A su derecha, una mujer de unos treinta años se encontraba en su misma situación, de pie sobre la cornisa, al borde del abismo. No había reparado en ella hasta entonces, y parecía que tampoco ella en él.

-¿Qué número hace ya? –preguntó de improvisto la misteriosa mujer.

-¿Número? –respondió el señor X, entre molesto y sorprendido por la intromisión.

-Sí; intentos de suicidio. ¿Cuántos? ¿Es el primero?. Éste es el décimo para mí.

El señor X, casi instintivamente, contestó a la pregunta.

-Para mí es el sexto... Bueno, ¿qué más da? –masculló entre dientes.

La mujer soltó una carcajada.

-Mi marido me abandonó. Llevo intentándolo desde entonces. Antes lo hacía para llamar su atención. Me gustaba cuando me cogía de la mano en la habitación del hospital y me preguntaba por qué lo había hecho. Dejó de hacerlo tras mi cuarto intento –su voz se quebró. Segundos después pareció recuperarse-. ¿Cuál es tu motivo?

-¿Mi motivo?

-Sí. Algún motivo tendrás para quitarte la vida.

-Es la primera vez que me lo preguntan –el señor X dudó qué responder–. Yo... ya no me acuerdo. Esa es la verdad, ya no me acuerdo –y bajó su mirada, fijándola en el pavimento de la calle que le esperaba si decidía saltar.

Nunca antes había dudado, ¿por qué lo hacía ahora?.

-Qué triste... Alguien sin motivos no debería hacerlo. La vida es maravillosa, ¿sabe usted?

-Sí, pero es también otras muchas cosas.

La mujer sonrió tímidamente y perdió su mirada en el horizonte, en algún lugar entre el cielo y la tierra.

Aquella mujer parecía entenderle. No sabía nada de ella, pero se sentía más cerca de esa persona que de cualquier otra que hubiese conocido nunca. Quiso abrazarla. Esa conversación lo había cambiado todo. Entonces la vio saltar al vacío. Voló como un ángel, en el más absoluto silencio, con su ropa abombada por las embestidas del viento. Después vino el ruido sordo del impacto y otra vez el silencio. Incluso desde tan lejos, supo que había muerto en su décimo y último intento.

El señor X no entendía cómo un ser tan luminoso había podido hacer aquello. Para él nada había cambiado, pero extrañamente nada era ya lo mismo: en su interior algo se había convulsionado violentamente. Decidió que no habría una sexta vez. Sentía que se lo debía a aquella mujer. Ahora quería vivir.


http://www.intereconomia.com/blog/excelencia-literaria/quotlos-seis-suicidios-del-senor-xquot-20110616

viernes, 23 de noviembre de 2012

Te busco desde siempre


Te busco desde siempre. No te he visto
    nunca. ¿Voy tras tus huellas? Las rastreo
    con ansia, con angustia, y no las veo.
    Sé que no sé buscarte, y no desisto.

       ¿Qué me induce a seguirte? ¿Por qué insisto
    en descubrir tu rastro? Mi deseo
    no sé si es fe. No sé. No sé si creo
    en algo, ¿en qué? No sé. No sé si existo.

       Pero, Señor de mis andanzas, Cristo
    De mis tinieblas, oye mi jadeo.
    No sufro ya la vida, ni resisto
    La noche. Y se amanece, y yo no veo
    El alba, no podré decirte: “He visto
    tu luz, tus pasos en la tierra, y creo”

    Juan José Domenchina

lunes, 19 de noviembre de 2012

Carmen Tejedor: Quien intenta un suicidio siempre querría vivir de otra manera.




Carmen Tejedor, psiquiatra especializada en suicidología en el Hospital Sant Pau de Barcelona forma parte de un proyecto pionero en España de prevención de conductas suicidas, en el que además del citado Hospital participa el Centro de Psicoterapia de Barcelona, con el soporte de la Conselleria de Salut Mental de la Generalitat

El intento de suicidio es algo que empieza a ser común entre los adolescentes. Se considera que por cada joven que comete suicidio, trescientos lo han podido intentar. La OMS calcula que el 90% de los casos de suicidio están asociados a desórdenes mentales como depresión, esquizofrenia y alcoholismo.

Cuestionado sobre qué intenta un suicida, Tejedor señala que hacerse daño, con mayor o menor intención de matarse. Poner en juego la vida para que cambie su vida, eso que se ha llamado "el grito de ayuda". Quien intenta un suicidio siempre querría vivir de otra manera. El que lo tiene muy claro, ya no hace un intento: lo suele conseguir, excepto esos que sobreviven de milagro tras lanzarse al vacío porque abajo había un toldo que los frenó.

Sobre el motivo más recurrente que tienen quienes intentan un suicidio, esta especialista apunta el amor. El primer y principal motivo siempre es la ruptura de una relación amorosa. Nos seguimos suicidando por amor. En todas las edades. Aunque en el caso de los adolescentes, aún más. La escasez económica ocupa el cuarto o quinto lugar entre los motivos para intentar suicidarse. Antes están, además del tema amoroso, la familia, los límites que ponemos, los hijos. Y la enfermedad mental, que conlleva un gran riesgo de suicidio.

Por último Tejedor indica que existe la creencia de que hablar del suicidio aumenta el riesgo. Se cree que es contagioso, porque un 90% de la conducta humana se aprende por imitación. Yo pienso que el suicidio se evita hablando de él. ¿Sabe qué es lo que más preocupa a quien ha intentado matarse y se lo han llevado en ambulancia de casa?: Volver a casa. Un vecino con tendencia suicida es mucho más censurado en el barrio que un borracho.


jueves, 15 de noviembre de 2012

Un día en la línea antisuicidio






Por Héctor Abad Faciolince 

La vida de un hombre o una mujer puede depender de una simple llamada. Héctor Abad Faciolince acompañó un día y una noche a los responsables en Bogotá de contestar el teléfono cuando un alma desesperada busca una voz que le salve la vida.

Se dice que Marilyn Monroe, después de tomarse una sobredosis de barbitúricos para matarse, cogió el teléfono para llamar a alguien. Hay un poema de Ernesto Cardenal que registra ese doloroso instante en que quizá la sex-symbol de los años cincuenta pudo haberse salvado. A esta muchacha que "como toda empleadita de tienda / soñó con ser estrella de cine / la hallaron muerta en su cama con la mano en el teléfono. / Y los detectives no supieron a quién iba a llamar. / Fue como alguien que ha marcado el número de una única voz amiga / y oye tan solo la voz de un disco que le dice: Wrong Number. / Señor: / quienquiera que haya sido el que ella iba a llamar / y no llamó (y tal vez no era nadie / o era Alguien cuyo número no está en el Directorio de Los Ángeles) / ¡contesta tú al teléfono!". 

Ahora en Bogotá y en Medellín hay varios números a los que se puede llamar si sentimos el impulso de matarnos, pero queremos hablar con alguien antes de dar el salto. A veces la sola ilusión de sentir que nos oyen y que a alguien le importamos, puede ser suficiente para cambiar o al menos postergar la decisión de quitarnos la vida. Estas llamadas también le pueden dar paso a una ayuda psiquiátrica especializada. 

En la capital el número es el 125, el mismo que se usa para todas las emergencias de salud; en Medellín, el 123, que también se usa para todo tipo de urgencias, pero de ahí, si se trata de un caso de salud mental, nos pasan a alguno de los psicólogos disponibles en el "123 Social". Además de estos números oficiales que dependen de las alcaldías, existe también en ambas ciudades el "Teléfono de la Esperanza", 2846600 (en Medellín) y 3232425 (en Bogotá), patrocinado por una ONG, y la Línea Amiga de Carisma, 4444448, donde responden orientadores, médicos, psicólogos y trabajadores sociales. 

Es bueno que existan estos números de emergencia y, al menos bajo ciertas circunstancias, me consta que pueden resultar muy útiles. Pero, como casi siempre, las cosas funcionan mejor en el papel que en la realidad. El domingo 9 de enero, de cuatro a seis de la tarde, quise suponer que yo era Marilyn Monroe, en una crisis depresiva, y llamé durante dos horas al Teléfono de la Esperanza en Medellín, pero este sonó siempre ocupado. Llamé también a la Línea Amiga de Carisma y una grabación me dijo, en un español más bien macarrónico, lo siguiente: "Lamentamos informarle, pero no atendemos en este horario". Llamé después al 123 (Número Único de Seguridad y Emergencias) y después de explicarle al telefonista que quería hablar con un psicólogo, me pasaron al Número Social, y allí me dijeron que el psicólogo estaba en la cafetería. Dejé mis datos para que me llamara cuando volviera y todavía estoy esperando la respuesta. Tal vez sea por el horario dominical, pero en definitiva, si Marilyn hubiera vivido en Medellín y hubiera querido matarse en esa lánguida tarde de domingo, de nada le habrían valido estas ayudas y estaría tan muerta como la encontraron aquel 5 de agosto de 1962. 

Las dificultades para acceder a este servicio me recordaron algo que vi hace muchos años en un puente de Mérida, en los Andes venezolanos. Resulta que el viaducto que conecta dos partes de la ciudad por encima de un abismo profundo y pedregoso, es el sitio predilecto de los suicidas para matarse. En vista de esto, algunas personas caritativas, resolvieron poner allí un número de atención a los desesperados. Recuerdo que decía: "Si tienes problemas llama al..." Pero lo tragicómico era que varios números de ese teléfono se habían borrado por efecto del tiempo y la intemperie. Una vez más el monje Cardenal habría tenido que decir: "Señor: ¡Contesta tú al teléfono!". 

Poco antes del día de Navidad del año pasado pasé dos jornadas, de noche y de día, con la gente del CRU (Centro Regulador de Urgencias) en Bogotá. Estuve en la Sala donde se reciben las llamadas, al lado de varias telefonistas, dos médicos y una psicóloga, y también pasé parte de la noche en una ambulancia de emergencias psiquiátricas, con el médico y los enfermeros especializados. Fue una experiencia dura, aunque, al menos en esos dos días, nunca fue trágica. En lo que tiene que ver con las llamadas por amenaza o intento efectivo de suicidio, hubo dos casos leves y dos serios. 

Los leves fueron casi graciosos: un hombre enfurecido con la familia, después de una discusión en la mesa, se metió en el baño y se roció sobre la cara y el cuello, aunque sin ingerirlo, todo un tarro de insecticida Raid en aerosol. La ambulancia se presentó en el domicilio y verificó que, por fortuna, los seres humanos no nos morimos con insecticidas tan fácilmente como las cucarachas, por el mero contacto con la piel. Los parientes no quisieron que el paciente fuera trasladado. El otro caso fue, si se puede, menos grave: después de una acalorada discusión con su marido, la esposa enfurecida se tomó unas pastillas. "¿Cuántas y de qué?", preguntó la enfermera telefonista: "Tres aspirinas", fue la respuesta. El médico resolvió no enviar la ambulancia psiquiátrica al sitio, pero programó algunas llamadas a la mujer para verificar en los días siguientes que no quisiera aumentar la dosis de analgésico. 

Las fiestas de fin de año predisponen más al suicidio a las personas deprimidas: el contraste entre su tristeza y aislamiento comparados con la alegría ambiente y el espíritu festivo de la mayoría acentúa aún más la sensación de sinsentido. En los primeros 22 días de diciembre del año pasado, en el número 125 de Bogotá, se habían reportado 31 intentos de suicidio. Y entre Navidad y Año Nuevo, esos intentos parecen multiplicarse por arte de la felicidad de los demás, tan en contraste con el propio hundimiento. 

"Hay que temerles más a los meditabundos que a los impulsivos", me aclara el psiquiatra. "Los primeros llevan más tiempo pensando en su muerte y la planean mejor; los impulsivos casi siempre fallan en el intento". Le pregunto si hay diferencias entre hombres y mujeres o por grupos de edad. "Hombres y mujeres lo intentan por igual, pero los hombres son más efectivos. Al final de la adolescencia y al principio de la vejez los casos son un poco más frecuentes, pero ninguna edad está exenta de riesgos". 

De hecho, los dos casos graves a los que asisto en esta noche cercana a la Navidad, son de personas muy jóvenes. La primera es una muchacha de 18 años, que vive por Chapinero, y que después de una discusión familiar (ella había perdido el año y se siente mal con su familia) se tomó 13 pastillas de Amitriptilina, un antidepresivo. Al parecer vomitó, pero cuando la mamá la llevó hasta un centro de atención, a eso de las tres de la madrugada, la paciente llegó muy agresiva y golpeó varias veces al personal de enfermería. Cuando el psiquiatra llega en la ambulancia que envían del CRU, se encuentra con que la médica de turno tuvo que darle dos dosis inyectadas de un sedante para calmarla, y no fue posible practicarle un lavado gástrico. Así que la entrevista psiquiátrica tiene que ser postergada pues la niña está en un sueño profundo. La mamá no ha vuelto desde que la dejó ahí en la madrugada. No tienen tampoco los datos familiares, ni el teléfono. Habrá que esperar unas ocho horas hasta que se despierte. 

El solo hecho de que su madre la haya dejado sola, indica el desinterés de su familia y la soledad de la muchacha. La miro desde la puerta del cuarto: muy flaca, la boca abierta y la respiración regular. Hay signos del momento duro que acaba de pasar: está despelucada, tiene rasguños en la cara y las uñas sucias. Es casi bonita y me pregunto si será una empleadita de tienda que sueña con ser actriz de telenovela; su cara se ve tan tranquila que parece imposible que pocas horas atrás hubiera estado a punto de matarse. Por un momento la luz del cuarto titila y recuerdo algo que escribió un ensayista inglés: "Lo mismo que las luces de la cárcel disminuyen cuando se hace pasar la corriente por la silla eléctrica, así nos estremecemos en el fondo de nuestro corazón ante cada suicidio, pues no hay suicidio del que la sociedad entera no sea responsable". Si ni siquiera sabemos su nombre y sus mismos parientes la dejaron sola aquí, este 22 de diciembre, en el momento más oscuro de su vida ¿quién no abandonará a esta muchacha? ¿Quién le contestará al teléfono si ella quisiera llamar a pedir ayuda? 

La psicóloga de turno en el 125 contesta siempre de la misma manera: "Salud mental, buenos días" o "Salud mental, buenas tardes". Como no hay un turno nocturno, nunca se saluda "Salud mental, buenas noches", y es una lástima porque según las estadísticas durante la noche aumenta la propensión al suicidio. Basta pararnos un momento a imaginar nuestra muerte deliberada para saber que probablemente sería así: menos cerca del mediodía que de la medianoche. Como me dice la psicóloga, "de noche se acentúa el contraste entre quienes están durmiendo y quienes no pueden dormir". Como confirmación de esto, no es la psicóloga diurna sino el médico de turno nocturno quien recibe el último caso al que asisto, el más grave de los que me tocan. 

Se trata de un joven de 24 años, que vive por Teusaquillo. Ya es un conocido en el servicio pues ha tenido otros episodios de agresividad contra otros o contra sí. Es drogadicto, de lo que sea, pero como últimamente no se puede pagar ninguna droga, ni siquiera marihuana, se ha dedicado a oler pegante. Su familia es disfuncional; el padre le pega, la mamá, separada, no quiere volver a verlo ni saber de él. Viven en una casa que por fuera es casi burguesa, pero por dentro es una pocilga de desorden, ruido y suciedad. De la cocina sale un vaho maloliente, y el aspecto del muchacho (incoherente, sucio, perdido) rima con el estado de la casa. 

Lo tienen amarrado pues hace unas cuantas horas decidió que sabía volar (eso dice un hermano), y se tiró por la ventana. Rompió varios cables de teléfono, lo que amortiguó el impacto de la caída y por eso nada le pasó. El muchacho niega esa versión, dice que no quiere volar, que simplemente se quería matar. Cuenta que el papá le pega, que a veces no tiene dónde dormir, que no le dan plata. El papá aclara que todo lo que le da se lo gasta en droga. El muchacho lo admite, pero dice que no es capaz de dejarla, que la necesita. Está mugriento, inquieto, tiembla de frío, tiene la ropa raída. Por momentos se pone agresivo y se levanta; grita y le quiere pegar a alguien de la familia. Al psiquiatra y a los enfermeros -que ya lo conocen- los trata con más respeto.  

Ya ha estado varias veces en el hospital. Cuando no lo tienen sedado, se escapa. Ha intentado desintoxicarse en algunos centros especializados, pero no ha sido capaz de seguir nunca el tratamiento. Cuando está en fase agresiva, lo llevan a la policía, y allí lo esposan. A veces le pegan. También en la casa le pegan o lo amarran. El psiquiatra, aunque es pesimista sobre lo que puedan hacer, pues sin el apoyo de la familia es difícil que cualquier tratamiento surta algún efecto, resuelve internarlo de nuevo en el hospital. Eso no lo curará; solo le dará algunos días de tregua. El muchacho no quiere que se lo lleven, pero el enfermero le pone una inyección que en dos minutos lo deja desmadejado, dócil. 

"Esta cosa acabó con las camisas de fuerza. Esto es mucho mejor que cuatro enfermeros fornidos", me explica el enfermero mostrándome la jeringa. De hecho, el joven se deja manejar como un trapo, obedece tranquilo, se lo llevan en andas y lo acuestan en la camilla. 

Mientras lo acompañamos en la ambulancia hacia el hospital, trato de ponerme en su lugar. Creo que el razonamiento de muchacho, repetido una y otra vez, por inconexo que sea, no es del todo equivocado. Él se quiere morir. No le ve ningún sentido a su vida, ninguna perspectiva. Lo que el Estado le ofrece como solución (y ya es algo) es solamente un asilo temporal, que no lo curará de la adicción. La familia lo tiene abandonado; a duras penas pueden sobrellevar sus vidas; no son capaces de solucionar también la de él. Su infelicidad es tan honda, y sus perspectivas de mejoría tan remotas, que estoy por pensar que lo que él ha pensado hacer no es lo más insensato. En el suicida, escribió el poeta Yehuda Amijai, "la soledad de la muerte es la muerte de la soledad". La tristeza de la muerte sería también, en su caso, la muerte de la tristeza. 

Pero harán un nuevo intento con la familia. Un hermano promete apoyarlo si él decide someterse a un tratamiento, gratuito, contra la drogadicción. Habrá que ver cuánto duran sus buenas intenciones; habrá que ver si tiene el tiempo y el valor para acompañar a su hermano, pues él mismo, desempleado y pobre, no está mucho mejor. 

La vida, sin duda, es un gran valor: podemos disfrutar de la naturaleza, de los animales, la comida, el sexo, el arte, la curiosidad intelectual. Pero ¿qué pasa cuando la realidad de nuestras vidas concretas nos niega todo esto? Este joven que dejamos en el hospital no tiene nada, ni novia, ni afecto, ni apoyo, nada. Solo su adicción, y ni siquiera los recursos para hundirse en ella. Tal vez cuando escribo esto ya haya dado el salto definitivo desde una ventana más alta, y sin cables que lo atajen. Las luces de la ciudad titilan y todos deberíamos sentir un poco de la culpa por su muerte. Más que él. Él no tiene la culpa. Tal vez él, al suicidarse, escogió lo menos malo que, en sus circunstancias, podía hacer. 

Los teléfonos de emergencias ayudan, en muchos casos. Pero no pueden cambiar ni enderezar una familia entera, una vida entera, toda una sociedad. Pienso en esto y me imagino a Marilyn Monroe hundiendo las teclas del número de ayuda: uno, dos, cinco. No es el Señor quien contesta, sino la voz amable de una psicóloga que hace lo posible por ayudar: "Salud mental, buenas tardes". ¿Marilyn Monroe se habría dejado de matar?

Por Héctor Abad Faciolince 

martes, 13 de noviembre de 2012

Mi corazón te ansía


 Hoy tengo ya mi lámpara encendida,
    Ceñida la cintura, y la alianza
    En mi dedo vigía; y la esperanza
    Centinela del alba prometida.

       Y arde en mi corazón la dolorida
    Llaga de soledad: ¡lenta es la danza
    de las horas y lenta tu tardanza!
    Dios del venir: ¡Ardiendo está mi vida!

       Y me digo: la noche anuncia al día;
    las estrellas al Sol; el suelo al Cielo.
    ¿A quién anunciará el alma vacía?

       Aprenda el Ángel ya su “avemaría”
    y encienda el aire blanco de su vuelo.
    Dios del venir, ¡mi corazón te ansía!

    Rafael Alfaro

viernes, 9 de noviembre de 2012

ESCALA SAD PERSONS






La Escala SAD PERSONS, es una prueba para conocer el riesgo de suicidio. En cualquier caso, ante una situación de duda es aconsejable una evaluación psiquiátrica centrada en la naturaleza, frecuencia, intensidad, profundidad, duración y persistencia de ideación suicida


Podéis descargarla en el siguiente enlace


http://www.psiquiatria.com/documentos/psiq_general_y_otras_areas/urgencias_psiq/suicidio/7939/?


Hay que registrarse antes en psiquiatría.com. Es gratuito. 

sábado, 3 de noviembre de 2012

MARÍA


        “Me gustas y te amo
        porque eres tan humilde,
        perteneces al grupo
        pequeño de la gente
        que no tiene ni nombre
        ni historia, ni raíces.
        Me acerco a tu paisaje
        de pobreza, mujer,
        porque estás escondida
        en el pueblo y careces
        de apellidos y voz.
        Amo tu hogar sin lumbre
        y esas tus manos huérfanas
        de manos y palomas.
        Sólo un río de rosas
        te salpica muy hondo
        y estás en el anónimo
        milagro de la espera”

        Valentín Arteaga